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Epitafio de Nathaniel Cromwell

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Epitafio de Nathaniel Cromwell

Mensaje por Nathaniel Cromwell el Lun Ene 23 2017, 13:47

Malleus Malificarum
se afirma que una sólida creencia en los brujos no es doctrina católica: véase el capítulo 26, pregunta 5 de la obra de Epíscopo. Quiencrea que cualquier criatura puede ser cambiada para mejor o para peor, o transformada en otra cosa u otro ser, por cualquiera que no sea el Creador de todas las cosas, es peor que un pagano y un hereje. De manera que cuando informan que tales cosas son efectuadas por brujos, su afirmación no es católica, sino simplemente herética. Más aun, no existe acto de brujería que posea efecto permanente entre nosotros. Y esta es la prueba de ello: que si así fuera, sería efectuada por obra delos demonios. Pero asegurar que el diablo tiene el poder de cambiar los cuerpos humanos e infligirles daño permanente no parece estar de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia. Porque de este modo podrían destruir el mundo' entero, y llevarlo a la más espantosa confusión.
Más aún, toda alteración que se produce en el cuerpo humano -por, ejemplo el estado de salud o el de enfermedad - puede atribuirse a causas naturales, como nos lo demostró Aristóteles en su séptimo libro de la Física. Y la mayor de estas causases la influencia de las estrellas. Pero los demonios no pueden inmiscuirse en el movimiento de las estrellas. Esta es la. opinión de Dionisio en su epístola, a San Policarpo. Porque eso sólo puede hacerlo Dios. Por lo tanto es evidente que los demonios no pueden en verdad efectuar ninguna transformación permanente en los cuerpos de los humanos; es decir, ninguna metamorfosis real Y de ese modo debemos atribuir la aparición de cualquiera de esos cambios a alguna causa oscura y oculta.
Y el poder de Dios es más fuerte que el del diablo, así que las obras divinas son más verdaderas que las demoniacas. De donde, cuando el mal es poderoso en el mundo, tiene que ser obra del diablo, en permanente conflicto con la de Dios. Por lo tanto, como es ilegal mantener que las malas artes del demonio pueden en apariencia superar la obra, de Dios, del mismo modo es ilegal creer que las más nobles obras de la creación, es decir, los hombres y los animales, puedan ser dañadas o estropeada spor el poder del diablo. Más aun, que lo que se encuentra bajo la influencia de un objeto material no puede tener poder sobre los objetos corpóreos. Pero los demonios están subordinados a ciertas influencias de las estrellas, porque los magos observan el curso de determinadas estrellas para invocar a los demonios. Por lo tanto, ellos carecen del poder de provocar cambio alguno en un objeto corpóreo, y de ahí que las brujas poseen menos poder que los demonios.

Nací, crecí y, como muchos otros, sencillamente morí.

Ese podría ser el resumen de una historia que se tornó demasiado corta pero que, de una forma u otra, se ha ido alargando con el paso de los años gracias a un limbo que no creía que existiera.

Abrí los ojos por primera vez en el otoño de 1820, en el seño de una familia de clase media que deseaba ir subiendo cada vez más escalones en la sociedad, por lo que antes de que llegara mi treceavo cumpleaños, ya le habían prometido mi mano a la encantadora primogénita de unos nobles con los que compartían un fuerte vínculo de amistad.
Nunca supe qué fue lo que prometieron mis padres para que los de ella aceptasen la propuesta pues, al fin y al cabo, había mejores opciones mucho más beneficiosas.

Mi adolescencia fue una sucesión de clases de literatura, idiomas, geografía... querían hacer de mi un erudito, y lo consiguieron. Las letras siempre fueron una de mis mayores debilidades; junto con la música, los viajes y el conocimiento. Deseaba ser escritor, dar a conocer mi nombre y, con suerte, convertirme en algo eterno.
¡Qué ironía! ¿Verdad?, hoy en día ya puedo asegurar con certeza que cumplí una de mis metas, aunque no fuera en absoluto de la forma prevista...

Christine se convirtió en mi alma gemela, mi mejor amiga y, más tarde, en mi esposa.
Podría decir que me negué a aquel matrimonio, que me rebelé al respecto y escapé de mis responsabilidades. Pero sería mentir y dar forma a una historia que no es la mía.

Empezamos a vivir juntos y después de dos años, nació nuestro primer hijo. Por aquella época trabajaba en un despacho de abogados, la carrera de derecho había sido la única relativamente factible y que equilibraba mis deseos y los de mis padres por lo que me había dejado guiar rechazando de pleno la medicina. Dejé la escritura para la intimidad, aceptando la evidencia de que yo sería mi único lector. El padre de Christine era el director del buffete, y jamás se pudo decir que su caracter y el mío estuvieran unidos en armonía. Una tarde estallamos debido a opiniones opuestas y tomé la decisión de abandonar mi puesto.
Nos mudamos, y empezamos una nueva vida.

Christine se ocupaba de los niños, y yo, como cabeza de familia, me veía en la obligación de sacarlos adelante sin hacer caso de la caída de la economía, los cotilleos y el echo de tener que verme buscando trabajo. Consideré que el derecho no era para mi, que quería algo diferente.

Por aquella época habían abierto un hotel de lujo. Inmenso e impresionante, con una decoración nunca antes vista, que cuidaba todo al mínimo detalle. Lo vi cuando regresaba con Charles y Gwendolyn a casa después de visitar un circo cercano en el que habíamos pasado toda la tarde. Me resultó increíble no haberme percatado antes de su existencia.
Empecé a trabajar allí, subiendo de cargos rápidamente gracias a mis conocimientos en varios campos. Todo era perfecto.

Pero una noche, mientras estaba en recepción echando un vistazo al libro de visitas, una mano tocó el timbre para llamar mi atención. Hacía dos años y medio había trabajado con un varón de mediana edad que fue acusado de asesinato. Contrató mis servicios como defensor y ganamos el juicio. Todas las pruebas apuntaban al marido y no a él, que no era más que un amigo de ambos al que el hijo de la víctima culpabilizaba.

Y ahí estaba ese adolescente nervioso que una vez se sentó en el banquillo de los testigos, vomitando una respuesta tras otra entre lágrimas mientras yo le preguntaba con la misma frialdad que un mar congelado. El chico empezó a gritar, casi tartamudeando, asegurando que su padre había muerto en prisión. Ahorcándose sin poder aguantar más.
Repitió una y otra vez que era inocente, que él no podría haber matado a su madre y que yo era el culpable de su suicidio. Clamó que yo le había empujado a ello  tras privarle de la libertad y del auténtico asesino que hoy en día se pavoneaba por su ciudad.

Saltó el mostrador, tirando al suelo todo lo que había sobre él, y sacó una pistola que hasta ese instante había estado escondida bajo su abrigo.
Di dos pasos hacia detrás y el libro cayó al suelo mientras yo extendía las manos hacia él, intentandole hacer entrar en razón.

Su frío cañón me devolvía la mirada con la misma ira que el muchacho, y el tiempo pareció ir a cámara lenta cuando apretó el gatillo. La bala se estrelló en mi pecho y me hizo retroceder hasta que choqué con la pared, deslizándome hacia el suelo mientras intentaba cubrir una herida que ya era mortal.

Cuando me encontraron, ya era demasiado tarde. Había muerto desangrado en el suelo, con el peso de una duda que no podría responder y el pensamiento de no poder despedirme de mi familia.

Nunca volví a ver a Christine o a los niños y mi alma quedó anclada en Black Swan para siempre, o eso pensé durante décadas.

A nivel personal, nunca he dejado atrás mi precioso siglo XIX, aquel que me vió nacer y me dio forma, por lo que podría decirse que soy alumno de la vieja escuela, uno muy orgulloso de ello.
Suelo hacer uso de la diplomacia y la elegancia, intentando que nada me haga perder los estribos pues, cuando eso ocurre, puede llegar a ser desastroso.
Siempre tengo todo bajo control, perfectamente estructurado, y no tengo reparo alguno en obligar a los demás a que lo lleven a cabo.
Levantar la voz está fuera de mi jurisdicción, me irrita sobremanera que otros lo hagan por lo que, si me llaman a gritos, normalmente recibirán indiferencia. Con el paso de las décadas la educación se ha perdido por un desagüe, aunque, en cierto modo, tiene su encanto.
Escribo en unos cuadernos que guardo en un armario de mi habitación. Sin necesidad de fechas, de explicaciones... son un mar de palabras donde plasmo todo lo que pasa por mi mente con la esperanza de que eso sirva para que no termine inmerso en la locura que tantas veces he visto reflejada en los ojos de otros fantasmas.

Nunca he podido descubrir si aquel muchacho que sesgó mi vida, decía la verdad, y la duda corroe mi alma y la destroza impidiendo que pueda volver a ser la misma de siempre. ¿Dejé en libertad al auténtico asesino? ¿Hice lo correcto o ese hombre era inocente y se suicidó por mi culpa?.
Estaré sentado para toda la eternidad en el banquillo del acusado, esperando un veredicto.
Y Christine... jamás pude despedirme de ella y de mis pequeños, no sé qué fue de sus vidas después de mi muerte, no pude hacerles felices.

Creí que mi eternidad estaba ligada al Hotel, me acostumbré a sus pasillos, a ver deambular a los habitantes del mismo como una nueva y extraña familia cuyos secretos eran inconmensurables... pero de un día a otro algo me empujó hasta el circo con la sensación de una caída libre vertiginosa, y me vi rodeado de confusión en un ambiente que no conocía.
Ya no habia forma de regresar al Hotel, todo había cambiado.
No sé que me deparará ahora el destino, pero parece más malicioso de lo que nunca había creído.

Habilidades:

-Otherside
-Puppet master

Nathaniel Cromwell
Nombre: Nathaniel Cromwell
Fecha de nacimiento: 15/09/1820.
Fecha de muerte: 21/04/1855
Género: Masculino.
Procedencia: Boston
Estado civil: Viudo

"Un buen libro es preciosa sangre de vida de un espíritu magistral, embalsamado y atesorado con el propósito de dar vida más allá de la vida..."
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Re: Epitafio de Nathaniel Cromwell

Mensaje por The Fool el Jue Ene 26 2017, 02:06

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