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01. «Érase una vez en Aberdeen»

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01. «Érase una vez en Aberdeen»

Mensaje por Jørgen Bak el Dom Sep 24 2017, 01:42

9 de diciembre de 1929

Jørgen. Jørgen. Jørgen. Ese nombre no le dice nada, pero es el que apareció en el interior de su chaqueta, una pieza de cuero muy particular que tuvo que entregar al tipo que le encontró porque, según él, le había salvado la vida y le debía por lo menos eso. Se quedó con el sobre. El nombre estaba escrito en mayúsculas, pero en la solapa, no en el dorso. Descubrió que estaba vacío. ¡Como en su cabeza, no había nada! Era una broma cruel, sin ningún tipo de gracia, así que se ha limitado a asumir esa identidad hasta que sea capaz de recordar quién es y qué demonios hace en Aberdeen.

Es demasiado temprano para que nadie vaya a hacer de vientre, por eso los señores de la posada, un matrimonio al que no calificaría de encantador ni de excepcionalmente hospitalarios, le han pedido que se ocupe, ya que ellos están preparando las comidas de la mañana para los trabajadores de la zona, sobre todo los de paso, porque se deben a tareas muy duras y deben consumir un alimento que los mantenga en pie durante toda la jornada. La resignación con la que asume esa situación es encomiable. Jørgen, no importa si es el nombre que le dieron al nacer o no, está arrodillado en las letrinas del patio de la posada, con un cubo de agua que ya se ha puesto turbia y olorosa y un cepillo de cerdas duras para rascar la porquería alrededor del agujero. La pala y otro cubo, por ahora vacío, le esperan. El trabajo todavía no ha llegado a tocar lo más duro. La peste le revuelve el estómago, pero cada vez que le da una sonora arcada, le entra la risa por lo estúpido que suena y así se entrega a un círculo extraño.

Después de arrastrar tres o cuatro cubos de mierda, literalmente, considera que se merece un descanso. El aire fresco de la mañana le ayuda a despejarse y con unas vistas tan increíbles a su alrededor de un paraje lleno de naturaleza apenas tiene lugar para detestar el mundo. Busca en los bolsillos con unos golpecitos hasta que rastrea el tabaco, los componentes para liarse un cigarro que lleva consigo en una bolsa plegable. Incluso desmemoriado, no puede pasar por alto que fuma, así que descartado como terapia para dejarlo.

Toma asiento en un tocón, a unos metros de la posada, que ya de por sí está alejada del pequeño núcleo urbano que constituye Aberdeen, donde nadie lo conoce ni lo echa de menos (¿lo hará alguien en alguna parte del mundo?). Observa a la gente moverse de un lado a otro, una especie de feria ambulante, con sus carretas, sus caravanas, sus jaulas para las fieras... Más bien adivina las formas, ya que está lejos, pero es suficiente para adivinar las formas y completarlas con su imaginación.

Un mechero zippo levita delante de él unos instantes con la llama encendida. La tapa se cierra sola cuando la punta del cigarro prende colorada, pero Jørgen extiende la mano para cogerlo y guardarlo de nuevo en el bolsillo. Sin inmutarse. No es algo que tardara en descubrir que podía hacer, al igual que leer o hablar inglés con un acento un tanto problemático. Sabe que hay cosas que no se olvidan, solo permanecen en un letargo a la espera de ser despertadas.
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Re: 01. «Érase una vez en Aberdeen»

Mensaje por Tate el Miér Sep 27 2017, 15:45

Usualmente no era su trabajo pasar a repartir panfletos entre los habitantes de las ciudades a las que llegaban, pero aquel día se había tomado la libertad de hacerlo, por gusto. Después de todo, siempre había chicos que «no tenían ganas de...», y Tate estaba encantado con la idea de vestirse con colores llamativos y salir a repartir los bellos dibujos de los artistas del circo, como una clara invitación de que fueran a verlos.
Mientras estuvieran en movimiento no tenían un lugar fijo, la carpa principal no estaba montada, igual que habían hecho en Benton siguieron con la idea de ser ambulantes un tiempo, y mientras unos hacían shows en determinados lugares él... Repartía un poco de publicidad, porque sus sesiones de medium las hacía más tarde, y no le gustaba la idea de estar sin hacer nada.

Estaba mejorando mucho, poco a poco, la gente aún se sorprendía de que «ese retrasado» estuviera siendo una persona normal, y Tate estaba aún en busca de su propio camino.


Mientras caminaba por Aberdeen, un pueblo bastante modesto, fue acercándose a la gente para invitarlos al circo, y en una de esas también se aproximó, con una gran sonrisa, a un chico que parecía estar, a su parecer, bastante aburrido, jugando con una «cosa» que no vio bien de qué se trataba hasta que, flotando, vio como prendía una llama.
Tenía preparado el típico discurso, «Hola señor, perdone que lo moleste... El circo es increíble...», pero en ese momento se le olvidó todo, porque acababa de presenciar un truco de magia.

Estaba un poco alejado, y había ido caminando tranquilo, pero aceleró, hasta casi correr, para acercarse a él, como un niño, que en el fondo era lo que seguía siendo.
¿Cómo ha hecho eso? —preguntó, ilusionado, señalando el cigarrillo en ese momento, luego también su bolsillo, para indicarle aquel encendedor excesivamente moderno.
Eso, y lo que acababa de presenciar, eran cosas muy extrañas.
Ay, perdone pero... ¿Es usted mago? —le preguntó, sin que pareciera disminuir su emoción.
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Re: 01. «Érase una vez en Aberdeen»

Mensaje por Jørgen Bak el Dom Oct 01 2017, 20:20

Tan ensimismado está con las siluetas yendo de un lado a otro para disponer de los preparativos oportunos del circo que no percibe, precisamente, a uno de sus monstruitos escapados. El chico, más bien su voz, le hace sobresaltarse. Se gira hacia él con el cigarro en la boca, medio caído, con dejadez, una forma de fumar que tan solo se consigue con años de experiencia. A Jørgen le resulta muy particular su aspecto. Es alto, delgado y rubio. Piensa en una espiga. Es una buena comparación, sobre todo cuando el sol la tuesta y el viento la inclina con gracia.

Jørgen se permite una pequeña sonrisa. Se quita el cigarro de la boca y se encoge de hombros, dándose tiempo para saber qué demonios puede responder a eso. Tal vez lo sea, ¿por qué no? Un gran casino, de los que tienen bombillas tintadas y una sala de espectáculos. Sí, se ve a sí mismo perfectamente capaz de ir vestido con un traje oscuro y hacer trucos de cartas, incluso sacar un conejo de una chistera. O es posible que, sencillamente, esté loco. La navaja de Ockham le incita a rechazar explicaciones más elaboradas y considerar que ha perdido la cabeza, al menos un poco, no es tan descabellado.

—Sí, quizás sí... Estaría bien, ¿verdad? Mi propio show—. Su cara en un afiche, caracterizado, ¿cuál sería su nombre? Algo artístico, que evoque la magia, pero también el misterio e infunde una dosis de respeto, de admiración, de pavor ante lo que el mago es capaz de hacer—. Aunque ahora estoy de incógnito. Me dedico a limpiar mierda, ¿qué te parece eso? Es divertido porque piensas que, por muy mal que te vaya la vida, ese tío no eres tú. ¿Qué llevas ahí?— Señala los panfletos publicitarios, muy visuales porque no todo el mundo es capaz de leer y escribir. Él sí, aunque lo haga raro. Agarra uno de los papeles para echarle un vistazo—. Así que trabajas en el circo, ¿eh? ¿Qué tenéis?
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Re: 01. «Érase una vez en Aberdeen»

Mensaje por Tate el Mar Oct 03 2017, 13:55

Se mantuvo con una sonrisa frente al desconocido, hasta que él le respondió, cambiando su expresión a una de asombro. «Lo sabía», pensó, antes de volver a sonreír, sin ser muy diferente al resto de chiquillos que se encontraban frente a algo fascinante, con la diferencia de que él, con su casi metro noventa, no evocaba esa sensación infantil.
Oh, ¿es secreto? —preguntó—. Yo sé guardar secretos, y también limpio mierda.

En el panfleto que el desconocido había tomado figuraban los mellizos, uno de los números principales del circo, y que, además, por ser tan bellos los chicos, eran muchos los que querían imágenes de ellos. Tate no era muy consciente de ello, de hecho ni siquiera era su trabajo andar repartiendo publicidad, así que ahí estaba, fascinado ante la idea de conocer un nuevo mago que no fuera Deimos, quien le daba mucho miedo.
Iah y Jonsu —le dijo el nombre de los artistas, pensando que tal vez no sabía leer, aunque él mismo tampoco sabía hacerlo muy bien—. Hacen acrobacias en el aire, con aros y... —gesticuló con las manos, habiendo olvidado el nombre—. Trapecio —dijo, cuando finalmente recordó, sonriendo de vuelta, orgulloso de si mismo por una minucia como esa—. Hay muchas cosas en el circo, aunque ahora no está la carpa principal, estamos de paso.

»Mira... Este es mago también, como tú
—buscó entre los papeles que traía, hasta dar con la imagen de Deimos, o Magnus como se hacía llamar entonces, mostrándoselo al desconocido—. Da miedo, y tiene costumbres raras —le contó, por el simple gusto de charlar—. Pero es un gran mago. ¿Qué mas trucos haces tú? ¿Me muestras?
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Re: 01. «Érase una vez en Aberdeen»

Mensaje por Jørgen Bak el Jue Oct 05 2017, 20:44

—Al final resulta que ese tío eres tú también. Así que estamos hermanados por la mierda—comenta enarcando la ceja como si le pareciera una unión digna de celebrar. Asiente con la cabeza, divertido con la situación, mientras observa los carteles. Debe admitir que los dibujos son increíblemente bellos y están trazados con la delicadeza propia de un artista.—Iah y Jonsu. Caray, menudos nombres... Son bien guapos estos dos, ¿eh? ¿Miran las acrobacias o los miran a ellos?—Bromea, por supuesto, aunque sí es verdad que las figuras de las imágenes le resultan muy atractivo. La propaganda del circo es buena en ese sentido. Está seguro de que mucha gente en Aberdeen irán a visitarlos solo por la frescura que traen.

Están de paso, cómo no. Los circos son por definición ambulantes porque entonces pasan a convertirse en otra cosa. Si uno tiene a su disposición un espectáculo idéntico todas las noches, pierde su esencia y deja de ser especial. Además, le viene a uno la modorra y se conforma con un "ya iré". Pero si, por el contrario, el circo se queda cuatro días, se convierte en un placer efímero y esos, esos son los que merecen la pena. La gente del circo es sabia en su manera de concebir la vida.

—¿Ah, sí? También está bueno... y eso es malo para un mago, ¿sabes? Todo el mundo lo va a mirar. Bueno, las mujeres. No van a quitarle ojo de encima y a ver cómo hace sus trucos sin delatarse—declara con una sonrisita fácil. Pasa el cartel mirando otros, así por encima, solo por curiosidad.—Yo no soy un mago, chico—rechaza, condescendiente.

Pero hay algo en esas maneras, tal vez su forma de hablar, un poco torpe y extraña, más diferente a los lugareños, en el brillo de sus ojos o la emoción de saber que le hacen desear complacerlo. Es algo que le ocurre a menudo, siempre cayendo en las trampas de los demás. "Bueno, esta vez" fue lo que dijo hace mil años y todavía sigue. Cierra los ojos como si se intentara concentrar. Todavía no ha "aterrizado", como quien dice, y sigue desorientado, pero hay cosas que puede manejar.

El pelo del muchacho espigado comienza a moverse como si una mano invisible se lo revolviera. Le da pequeños tirones por los dados, no dolorosos, sino juguetones, y uno de los carteles empieza a volar alrededor de él. Es más liviano que el mechero.
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Re: 01. «Érase una vez en Aberdeen»

Mensaje por Tate el Vie Oct 13 2017, 19:11

Tate sonrió con complicidad cuando aquel muchacho le dijo que estaban hermanados por la mierda, resultándole divertido el como lo había dicho, y por respuesta a ese detalle asintió, sonriéndole.
Las dos cosas, creo —le respondió sin vacilar, como si se tratara de algo muy natural, deteniéndose un momento para observar los dibujos que le pasaba al desconocido.
Werther y Charles, los artistas detrás de los pseudónimos Jonsu e Iah, eran sin duda bastante bellos, aunque esas opiniones pudieran ser demasiado personales, pero había muchas facetas de los mellizos que no iban incluidas en los bailes ni las acrobacias. Él tampoco sabía demasiado, pero en el circo a la gente le gustaba mucho cuchichear.

Deimos hace magia de verdad —le dijo como replica, pensando que tal vez dudaba de las habilidades de su compañero circense, defendiendo con ello al mago. Cualquiera podría decir que su palabrería se trataba de meras frases aprendidas para hacer sentir a los espectadores que de verdad era así, más allá de la farsa, pero Tate lo decía porque de verdad lo creía.

La decepción vino más tarde al saber que su contrario no era ningún mago, y se notó bastante bien en su expresión, que pasó de estar animado y sonriente a triste a una velocidad pasmosa.
Oh —se pronunció, y se pasó una mano por el cabello para peinarlo hacia atrás.
A pesar de que estaba acostumbrado a la magia, nunca eran mal recibidos nuevos trucos y nuevos artistas.

Pensó entonces que era mejor si seguía su camino, ya que estaba de paso tendría que aprovechar para repartir más publicidad, pero no se le olvidaba los trucos que había visto con el moderno encendedor, y eso hizo que se quedara, mostrando un mayor interés y una expresión neutral cuando vio que el muchacho se concentraba.
Ladeó la cabeza, acercándose un poco más para mirarlo, y entonces… Bueno, entonces pasaron cosas que Tate no supo muy bien cómo explicar.
Con los ojos abiertos como platos notó que su cabello se movía, y trató de detenerlo cuando los pequeños tirones lo hicieron quejarse. No era realmente doloroso, y pensó en pequeñas hadas haciéndole una mala jugarreta, por lo que rió, tratando de verlas. No había nada, claro, salvo un cartel flotando, y la reacción de Tate fue tratar de atraparlo. Tanto empeño puso en ello que el resto de carteles que llevaba en las manos acabaron en el suelo, pero el rubio no se preocupó de ello en ese momento. Fue cuando atrapó la publicidad volante que entonces se dio cuenta de lo que había hecho y se lamentó.
Ay, Jack se va a enfadar si maltrato sus dibujos —murmuró para si mismo, sin darse cuenta, y pretendió agacharse a recogerlos—. Sí eres mago —lo acusó, riendo—, me quieres engañar… ¿No quieres que los del circo vengan y te capturen? —dijo, tratando de sonar sombrío, con una sonrisa un tanto perversa.
Luego no pudo evitar reír y descubrirse.
No, no es cierto, no hacemos eso… Por favor no lo digas por ahí. Si lo escuchan por ahí quizás vengan con antorchas a acusarnos de niños perdidos… Ya pasó antes, fue terrible —le contó, sin preocuparse por estar hablando quizás demasiado.

Al final, con un puñado de dibujos publicitarios bajo el brazo, extendió el otro, ofreciéndole su mano al joven que acababa de conocer.
Tate —se presentó, con una sonrisa.
Definitivamente, para él era un mago, y ya nada haría que cambiara de opinión.
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