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[Evento de Navidad] Relato navideño

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[Evento de Navidad] Relato navideño

Mensaje por The Fool el Sáb Dic 19 2015, 03:23

Relato navideño


Ho ho ho ¡Feliz navidad!

Para celebrar estas fechas tan señaladas, aunque on-rol no estemos en navidad, queremos hacer un pequeño evento para los usuarios.
¿De qué trata? ¡De escribir un relato navideño!

Pero no un relato cualquiera, no, el relato tiene que ser:
- De temática navideña (¡Claro!).
- Tratar sobre alguno de vuestros personajes (pedid permiso siempre que toméis prestado los juguetes de los demás).
- Participar con un solo personaje.
- Que ocurra en cualquier época histórica.


Que sea en otra época significa que queremos ver los personajes de forma diferente a como los vemos día a día en los roles, así que es hora de dejar volar a la imaginación y que fluyan esas ideas.

Por cierto: los relatos no tienen mínimo ni máximo de palabras o líneas, ni tienen que respetar la ambientación del foro, el límite lo ponen los usuarios.

Se podrán entregar los relatos hasta el 8 de enero, y a partir de ahí se abrirá una votación pública para que cada uno vote por su favorito. El ganador tendrá premio, pero todos los que participan también tendrán uno, así que mejor no perderse esta oportunidad para ganarse algo exclusivo.

Para participar solo tienes que dejar tu relato en este mismo tema.

¡Feliz navidad!


Las fechas están abiertas a modificaciones.
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Re: [Evento de Navidad] Relato navideño

Mensaje por Valdemar el Vie Dic 25 2015, 20:11

Al parecer soy el primero. Voy a dejar mi relato en un spoiler para que no sea demasiado extenso para los que quieran postear después. Espero les guste.

Regreso a Baltimore:
La nieve caía suavemente sobre Baltimore dejando un gentil manto que apenas si cubría la suela de los zapatos de los que caminaban por sus calles. Se hacía tarde y la gente se apresuraba cada vez más para volver a su hogar donde una chimenea caliente, su familia y un árbol navideño le aguardaban. Sólo una persona dirigía sus pasos hacia otro lugar.

Valdemar se abría paso calmadamente por las calles, ignorando por completo a quienes corrían atrasados intentando llegar a casa antes de la medianoche. Él no tenía una familia a la cual llegar ni una cena esperándole en casa de amigos. Ni siquiera tenía un hogar realmente, sin embargo nada de esto le molestaba. Al menos no esta noche.
El gigante vestía un abrigo largo y grueso, un sombrero de ala ancha y una bufanda blanca y gruesa, ideales para capear el frío del invierno aunque la verdad no los necesitara, pero eran parte de su tradición.

Habían pasado más de 90 años desde la última vez que visitó Baltimore, y la verdad, muchas cosas habían cambiado, sin embargo algo le hacía sentir aún en casa. Tan sólo esperaba que el motivo que le llevaba a la ciudad, la persona a quien venía a visitar, aún estuviese allí.

Mientras caminaba, llegó casi sin darse cuenta a un sitio eriazo en las cercanías de un muelle. En primera instancia no lo reconoció y casi lo pasa por alto, sin embargo tras volver a mirar el paisaje, su mente hizo aflorar todos los recuerdos de aquel lugar. Por unos instantes en lugar de aquel terreno vacío cubierto de nieve, vio un sinfín de carpas y carromatos apiñados, llenos de gente pululando entre ellos. Casi pudo volver a sentir el olor al algodón de dulce y las risas de los niños flotando en el aire. Ahí había estado hace casi un siglo atrás el circo.

Valdemar caminó por el terreno, recordando claramente donde se emplazaba cada cosa. Recorrió un tramo directo como si caminara por el pasillo central de la feria, mirando a cada lado mientras recordaba los puestos que se emplazaron alguna vez ahí. A su izquierda estaban los carros con manzanas acarameladas y junto a ellos la galería de tiro. Pudo ver claramente en sus recuerdos a los trabajadores descansando con una botella de gaseosa en la mano mientras esperaban que les llamaran para limpiar o reparar algo. Probablemente maldecirían que lo molestaran, pero lo harían de todos modos. Pasó junto a donde estuvo el extraño puesto de juguetes de aquella chica silenciosa, pensando en que habría sido de ella y de los demás.
Recordaba bien como las luces tenues bañaban el lugar, haciendo destacar los carteles del sideshow. El Cachorro, Ifrit Flameheart, Huginn y Muninn, el Sorprendente Geist. Hasta podía recordar en qué orden estaban acomodados cada uno. Había pasado tanto tiempo, pero aún así lo recordaba como su hubiese sido ayer.

Dirigió sus pasos hacia el centro del eriazo, donde estuvo alguna vez la carpa mayor. Sonrió levemente al pensar que alguna vez él mismo fue parte de eso. Los acróbatas y malabaristas, las fieras y payasos, incluso ese extraño que se escondía bajo las gradas durante los ensayos. Los músicos, presentadores y el maestro de ceremonias, el Dr. Záitsev. Recordaba a todos y cada uno. ¿Lo habrían recordado ellos después de que se fue?
Esperaba que al menos uno si lo hubiera hecho.

Dejó el lugar, recordando con un sabor agridulce sus experiencias en ese circo. Había sido feliz por un tiempo. Había encontrado un lugar en donde su extraña condición era sólo una más de muchas y donde incluso había encontrado amigos.
Pasó por el sector donde estuvieron los carromatos y tiendas en que vivían los circenses y le pareció escuchar una risa. Se volteó a mirar, pero no había nadie a su alrededor, solo la nieve que caía con la misma suavidad de hace unos instantes.

Recordó entonces a Jack, una de las pocas personas que realmente había tenido cerca alguna vez en su vida. Era un sujeto oscuro y atormentado, pero extrañamente eran esos los que más fácilmente le aceptaban. Él a su vez les aceptaba también con gran facilidad. Sea lo que hubiese sido de él con su vida, sólo esperaba que hubiese terminado bien, junto al escapista con quien tanto se quería. Era un amor extraño el de esos dos, al menos según lo que había visto a lo largo de su vida, pero a ellos les funcionaba. Además si algo había aprendido en sus casi dos siglos, es que ningún amor es igual al otro.

Con ese pensamiento en su mente abandonó el lugar para volver a emprender el rumbo hacia su destino: el Westminster Burial.
A medida que se alejaba, recordaba más claramente como había sido su estadía en ese circo: los viajes que habían hecho, los extraños sucesos que había vivido, incluso como la gente les aplaudía o les abucheaba por igual. Que evidente era que ellos nunca habían sido parte de la gente normal y que eran su propia especie…

Finalmente llegó hasta el cementerio al que se dirigía. Era casi la medianoche y el lugar estaba totalmente desolado. Incluso el celador estaba en su caseta mirando la televisión y bebiendo ponche despreocupadamente sin fijarse en lo que pasaba en el lugar. El gigante se apoyó de los bordes de la muralla, y tras mirar a todos lados para comprobar que no le viera nadie, se impulsó por sobre esta para llegar al otro lado.

El silencio dentro del cementerio era aún mayor que el que se sentía en las calles vacías, y las lápidas cubiertas de nieve, apenas iluminadas por los faroles del cementerio contrastaban enormemente con el sinfín de luces y adornos navideños que había visto por el camino.

Valdemar no perdió tiempo e hizo todo el recorrido hasta su destino con facilidad. Recordaba claramente su camino, y aunque hubieran modificado un poco el lugar, la tumba que buscaba seguía ahí.

Tomando una postura solemne, el gigante metió la mano en su gabardina y sacó una copa de cristal y una botella de coñac. Tras esto, se sentó frente a la tumba.

-Ha pasado mucho tiempo, amigo- habló el gigante con suavidad –más del que debería. Perdóname por no haber venido. Sabes que viajo demasiado-

Valdemar posó la vista en la gris lápida y extendió una mano para sacudir la nieve que cubría la figura de un cuervo tallada en la cabecera. Sabía bien que los restos de su amigo descansaban en otro lugar, pero para él ese había sido el sitio donde empezó su tradición.

-Te he traído lo de siempre. No pude comprar rosas esta vez, pero claro, tampoco es la fecha habitual. Pero lo importante es que estoy aquí ¿no? Ha pasado mucho de que no venía, pero este año tenía que hacerlo-

El gigante sirvió coñac en la copa, levantándola en un brindis hacia la lápida para luego beberla.

-Sé que no es la fecha de siempre, pero es Navidad. Nunca te había visitado en navidad y pensé que sería lindo para variar un poco. Además quería contarte algo. Encontré a otros. Ha pasado mucho, pero finalmente encontré a otros como yo. Vivían escondiéndose también, viajando de lugar en lugar buscando a los suyos. De la misma manera que yo lo hacía-
Una sonrisa se dibujó en el rostro del gigante, quien dio otro sorbo a la copa.

-Sé que a ti te ha ido bien. La gente te conoce y te admira. Muchos se inspiran en tus trabajos y han hecho hasta películas. Tú no las conociste, pero sé que te encantarían. Probablemente hasta querrías hacer alguna-

Valdemar rellenó la copa. Sentía que tenía tanto que contarle a Poe y tan poco tiempo. Habían pasado muchas cosas estos últimos años: conoció a otros creados, entendió parte de su propósito y hasta había aprendido como se hacían más de ellos. No era algo que quisiera intentar, pero eso le daba un sentido más completo a su existencia. Sin embargo el sólo hecho de estar junto a esa tumba le hacía sentirse acompañado. Tal vez hablar no fuera tan necesario. Sólo la buena compañía bastaba.
Apoyó la botella junto a la lápida mientras apuraba la segunda copa, esta vez por completo, para luego dejarla junto a la botella. Se preparaba a continuar su relato cuando escuchó una voz a la distancia.

-¿Quién anda?-

Probablemente se tratara del celador del cementerio. Al parecer le había escuchado y ahora iba averiguar quién era el que le hablaba a las tumbas a esas horas de la noche.

Valdemar se puso en pie a la vez que le daba la luz de una linterna en el rostro. Se acomodó la bufanda para cubrirse y comenzó a caminar para alejarse de ahí, pero el celador, a pesar de ser un hombre de edad, avanzó rápidamente y le cortó el camino.
-¡Tu eres el celebrante de Poe!- dijo asombrado el viejo -¿Qué haces aquí en esta fecha? La gente piensa que desapareciste…
Valdemar guardó silencio sin saber muy bien que decir. En todos los años que llevaba visitando la tumba de su amigo, muchas veces habían intentado averiguar quién era, sin embargo hasta ahora nadie le había visto tan de cerca.

El viejo miró unos instantes y le sonrió.

-Está bien, no te voy a echar de acá. Solamente me da curiosidad. O sea… ¿cómo lo haces? ¿Cuántos años llevas visitando este lugar?

Valdemar continuó sin decir una palabra. Esa era justamente el tipo de preguntas que no quería tener que responder. Ante el silencio del gigante, el anciano sólo sonrió y continuó hablando.

-Está bien, no te voy a dar la lata. Tal vez te guste saber que yo también visito seguido al viejo Poe. Desde pequeño he leído sus cuentos y poemas y siempre me han gustado, a pesar de que sean tan oscuros. Supongo que a algunos nos llega más profundamente que a otros. …- el anciano guardó silencio unos momentos, como si intentara decidirse en si decir lo que pensaba o guardárselo. Finalmente habló -¿Sabes? Me tocó trabajar esta navidad y mis hijos ya ni se preocupan de un viejo como yo. Tengo ponche y galletas que me regalaron esta tarde allá en mi caseta y estaba pensando que tal vez podríamos conversar un rato. Llevo años tratando de saber quién eres, pero la verdad sólo con que me acompañes esta noche me basta-

El gigante siguió en silencio. Ante la falta de respuesta de Valdemar, el viejo bajó los hombros desanimado y se dispuso a dar la vuelta de regreso a su puesto, sin embargo Valdemar se le acercó, y tras bajar la bufanda para descubrir su rostro, le puso una mano en el hombro.

-Está bien, voy contigo- le dijo el gigante sonriendo -A Edgar lo vengo visitando hace años, pero nunca he pasado la navidad junto a alguien vivo-

Valdemar acompañó al viejo celador hasta su caseta de guardia. Tal como el anciano decía, resultó ser un gran conocedor de la obra de Edgar Allan Poe, por lo que él y Valdemar pasaron horas conversando sobre el poeta. A Valdemar le sorprendió que el viejo supiera tanto sobre su amigo, más aun después de tantos años, por lo que fue una sorpresa agradable. Pasaron toda la noche conversando, primero sobre Poe, luego sobre sus vidas. El anciano había vivido muchas cosas a lo largo de su existencia y se notaba que se sentía sólo. Él conocía bien la sensación de soledad, por lo que no le costó identificarse con él. Para cuando amaneció, el viejo le había contado gran parte de su vida, y se veía en su rostro lo feliz que estaba de que alguien le escuchara con tanta atención como lo había hecho el gigante.

Esa noche Valdemar llegó a la conclusión de que muchas veces las personas que la gente abandona o ignora pueden tener enormes historias que contar, y que tan importante como visitar y recordar a los viejos amigos, era dejar espacio para algunos nuevos. Valdemar el gigante aún no entendía del todo lo que era ser humano, pero si algo había entendido de ellos esa noche, era que cada uno de ellos tenía toda una historia detrás, y que por parecidos que parecieran en la multitud, cada uno de ellos era único.
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Re: [Evento de Navidad] Relato navideño

Mensaje por The Fool el Mar Ene 05 2016, 22:27

¡Últimos días para participar! ¡Anímense!

Muchas gracias por el aporte, Valdemar.
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Re: [Evento de Navidad] Relato navideño

Mensaje por David Beatty el Miér Ene 06 2016, 03:22

Por fin lo he acabado, y he llegado a tiempo

Al principio tenía muchas ganas de escribir algo, pero no se me ocurría nada D: Mi primera idea fue que fuera en la prehistoria, con un David hombre de las cavernas y bastante bruto, pero no me acababa de convencer. Después pensé que podría hacer a un David celebrando la navidad junto a Jesucristo con el mesías diciendo que quería regalos pese a haber nacido en verano, pero era demasiado complicado. Al final pensé en algo futurista, en un mundo donde el clima estuviera controlado e hiciera falta que se rompiera uno de los paneles para que la nieve llegara a la gente, pero me inventé demasiadas cosas y al final eso daba para una novela de ciencia ficción (no me robéis mis ideas, malditos (?)).

El caso es que al final me decidí por esto. No es magnífico, pero me sirve para desearos felices navidades atrasadas Very Happy
Y ahora me voy, que mi planeta atigrado me necesita (?)

La noche que fue verde:


David Beatty era un hombre completamente normal. Había creído en Santa Claus hasta que sus padres habían decidido rebelárselo y nunca se había emocionado demasiado porque estuviera llegando la navidad o porque las calles se decoraran para la ocasión. De hecho, había sido él mismo quien se había ofrecido a quedarse en el zoo ese veinticuatro de diciembre para alimentar a los animales y quedarse a vigilar que no fuera a suceder nada inesperado. Lo que no podría nunca haber llegado a imaginar era que ese veinticinco de diciembre de 2015 iba a ser el más extraño que hubiera vivido jamás.

En cuanto terminó de alimentar a los animales se despidió de sus compañeros y tras desearles felices fiestas y se dirigió a la caseta destinada a los descansos para los trabajadores. Cuando quedaban escasos metros para llegar a ella, David sintió de pronto un deseo especial de comprar una de aquellas chocolatinas que hacían furor y encantaban a los niños, por lo que se desvió unos pasos y terminó delante de la máquina expendedora del zoológico. A Beatty no es que le volviera loco el chocolate, pero en aquel momento creyó que sería una buena idea comprar una tableta de dos euros veinte en la máquina. Introdujo el dinero justo y cuando el alimento cayó, se agachó para recogerlo. Estuvo a punto de abrirlo para probarlo, pero al final decidió dejarlo para otro momento: si se iba a quedar media noche en el zoológico iba a necesitar aquella provisiones, por más dulces que éstas fueran.

Abandonó la máquina y se internó por fin en la caseta. Solo en aquel lugar, cogió una silla y la colocó delante de la estufa encendida que calentaba la habitación. En cuanto se sentó, echó la cabeza hacia atrás y suspiró: ¿por qué empezaba a arrepentirse de haber decidido quedarse trabajando? No era como si alguien le esperara en casa: su madre había muerto hacía bastante tiempo y su padre se encontraba en Santo Domingo, desde donde le había enviado una fotografía por whatsapp justo aquella mañana recordándole que debería haber comprado el mismo boleto de la lotería que él.


—Yo no creo en esas cosas, papá —Solía repetirle Beatty, enseñándole las estadísticas del dinero que se perdía, de lo poco que tocaba y de lo que te estafaba el estado de todo ese dinero. Pero el karma le dio una bofetada en la cara al trabajador del zoológico cuando su propio padre ganó el primer premio y se permitió el lujo de marcharse de vacaciones. Quizá lo más acertado hubiera sido disculparse, pero Beatty era un hombre de principios y simplemente le había deseado suerte para el viaje antes de ayudarle a hacerse la maleta.

David cerró los ojos entonces y empezó a pensar en aquel atractivo hombre con el que había compartido unas navidades hacía varios años, alguien que le había hecho realmente feliz pero que se había tenido que marchar lejos. Tras aquello habían perdido el contacto, pero las navidades que pasó con él jamás las olvidaría. También le pasó por la cabeza la hija de la vecina de su bloque de apartamentos asfixiante, aquella pequeña gritona que había conseguido mantenerle despierto más de una noche y de dos únicamente porque no tenía ganas de acostarse. Durante esos días David solía prometerse a sí mismo que echaría a la pequeña a los tigres algún día. Pensó también en su abuela, aquella extraña mujer atrapada en un siglo que claramente no encajaba con ella, preparando sus cenas alucinantes con hortalizas de su propio huerto y haciendo en el pasado que un pequeño David de diez años se lo comiera aunque odiara todo lo que no fuera sacado de una lata o un envase de plástico.

Perdido en sus pensamientos, poco a poco se fue quedando dormido. El cansancio hizo mella en él y hubiera continuado durmiendo si no fuera por una estruendosa explosión que resonó por todo el zoológico. David se levantó rápidamente, adormecido, sin entender qué era lo que estaba sucediendo. Miró a su alrededor buscando la posible causa del ruido pero fue incapaz de encontrar nada que pudiera haberle despertado. Preocupado por la estabilidad del zoo, se acercó entonces a la puerta y abrió para sacar la cabeza por ella: todo parecía en calma.


—Vamos Beatty, que eres alguien valiente. Supuestamente —se dijo a sí mismo para darse ánimos. Se abrochó la chaqueta que llevaba encima, robó un gorro de la sala de trabajadores, se colocó en las manos los guantes que tenía guardados en los bolsillos y salió al exterior, donde una oleada de frío polar le recibió con los brazos abiertos. Sin más empezó a caminar, trazándose mentalmente un mapa a seguir hasta poder descubrir qué era lo que había sucedido. No hizo falta que caminara demasiado, pues a los pocos minutos y justo delante de la jaula de los tigres, recibió un ataque inesperado. Más que un ataque… fue un abrazo. De alguien que llevaba un enorme abrigo de color verde, una espesa barba blanca y unos sonoros cascabeles en un gorro enorme del mismo color que su vestimenta.

Autta —dijo el “asesino de los abrazos”. Al ver que Beatty no le entendía, el hombre rompió el contacto, carraspeó, le pidió que esperara con un gesto de su mano derecha y volvió a hablar, esta vez en un perfecto inglés—: Now? —En cuanto el encargado del zoológico se encogió de hombros, el hombre volvió a carraspear y habló por fin en español—. ¿Qué tal ahora?

—Mejor —respondió simplemente Beatty. El hombre le dedicó una gran sonrisa y volvió a saltar a sus brazos para darle un nuevo achuchón. David se lo correspondió esta vez, más por intentar hacer algo por reaccionar de nuevo que porque realmente tuviera ganas de abrazar a un abuelo desconocido.

—Tengo gran kysymys. Vosotros decís problema. Eso, problema. Tengo un gran problema.

David asintió nuevamente, sintiendo que empezaba a reaccionar pero todavía no creyéndose que alguien pudiera hacerse pasar por Santa Claus para colarse en un zoológico por navidad. Porque, pensó, obviamente no iba a ser el auténtico. El que no existía. El que los padres se inventaban para que los niños se fueran a dormir temprano. Pero como si no supiera en lo que estaba pensando Beatty, el desconocido continuó hablando como si fuera finés y entendiera poco del idioma español. Aunque el trabajador tenía que reconocer que el hombre que tenía delante era un gran actor y que casi parecía un guiri.

—Yo pensar que tienda de animales ayudar.

—¿Tienda de animales?
—preguntó Beatty, saliendo de su ensimismamiento y extrañándose. El desconocido asintió varias veces con la cabeza.

Kyllä. Estamos en una tienda de animales, ¿no? Tienes muchos. He pensado que quizá puedas tener renos.

—Renos… tenemos…
—El trabajador del zoológico ni siquiera sabía por qué se encontraba siguiendo aquella conversación pero su respuesta emocionó al mayor.

—¡Perfecto! Necesito un reno volador entonces, ystävä —El señor vestido de verde estuvo a segundos de volver a abrazar a David antes de que éste se alejara. Adelantándose a las intenciones del finés de protestar, el encargado del zoo intervino para explicarse.

—Tenemos renos pero no son voladores. Y en todo caso no están a la venta. Ni puedo alquilarlos… —En ese punto de la conversación, Beatty decidió seguirle la corriente al desconocido e incluso empezó a llamarle Santa en su cabeza. No perdía nada y estaba seguro de que cuando los encargados del psiquiátrico donde debía de vivir ese hombre o sus familiares aparecieran buscándole preocupados, Beatty podría decirles que había hecho un buen trabajo cuidando al enfermo. Así que se atrevió a preguntar—: ¿Para qué necesitas renos voladores? ¿No se supone que tu trineo ya tiene renos que lo lleven?

En el momento de hacer la pregunta, la cara del finés se convirtió en un poema: pasó de la lástima a la rabia y de la rabia a la frustración. David casi deseó no haber preguntado nada, pero antes de que pudiera disculparse, el otro le contestó.

—Rudolph se ha declarado en huelga.

—Rudolph se ha declarado en huelga
—repitió David, abriendo sus ojos y sorprendiéndose.

Kyllä —A esos extremos de la conversación, Beatty había empezado ya a suponer que aquello que sonaba como “cula” querría decir en realidad “sí”— En mitad del viaje se ha puesto a sermonearme y hemos tenido que detenernos.

—Rudolph —repitió el trabajador, para asegurarse de haber entendido correctamente que había sido el renoel que había sermoneado al otro. ¿Por qué David se hacía ilusiones de que nada podría llegar a sorprenderle más de aquel desconocido?

—Sí, Rudolph. No eres demasiado inteligente, ¿verdad? —Aquellas palabras hicieron a Beatty sentirse como un Forest Gump perdido en su propia vida cuando en realidad él quería sentirse como Jenny ante el protagonista de la famosa película. Pero el hombre mayor (aparentaba unos sesenta años) no se amedrantó por aquella confusión y le cogió por la muñeca—. Ven conmigo, tengo que enseñártelo. Quizá si tú hablas con él te escuche —alegó, haciendo pensar al trabajador que aquel desconocido hablaba cada vez mejor su idioma.

Y así fue como David Beatty, un hombre completamente normal, fue arrastrado por otro hombre mayor disfrazado de Santa Claus verde por todo el zoológico hasta llegar a la entrada del mismo. David se había visto ya siendo devorado por la tribu loca de aquel extraño hombre, pero en lugar de hambrientos esperando hacer rituales satánicos con su cuerpo inocente (David quizá era un poco demasiado dramático) se encontró con un pequeño trineo vacío y con nueve renos alrededor de él; unos estirados, otros de pie y uno con una brillante nariz rojiza sentado delante de los demás, observando al falso (que ya no parecía tan falso) Santa como si él le hubiera pisado la pata queriendo o algo parecido. En cuanto ambos hombres se acercaron, el reno empezó a gruñir y a mover sus labios como si estuviera hablando. La magia de aquel movimiento extraño duró pocos segundos y en cuanto terminó, David se giró para observar a Santa. O quién fuera.


—Me está diciendo que aunque te traiga no va a dirigir al grupo —le explicó el mayor. Los otros renos, quienes debían de ser Donner, Blitzen, Vixen, Cupid, Comet, Dashner y Prancer continuaron en sus lugares sin moverse y aparentemente sin ganas de meterse en la conversación.

—¡Menudo carácter! ¿Qué es lo que ha pasado?

El reno de la nariz roja movió entonces su hocico, instando al mayor a contárselo todo a su nuevo “amigo”. Santa suspiró y observó con lástima al trabajador del zoológico.

—Resulta que Rudolph quiere la leche y las galletas que me dejan los niños.

David enarcó una ceja.

—Pues dáselas.

—¡Sí hombre! ¡Ei Koskaan! Los niños me lo dejan a mí, no a los renos. ¿Sabes el hambre que se pasa conduciendo un trineo por medio mundo?


David dirigió entonces su mirada al trineo, preguntándose si habría en él todos los regalos del mundo entero, pero el vehículo se encontraba vacío. ¿Sería entonces una broma que aquel hombre fuera realmente Santa Claus? Beatty envió una mirada preocupada al mayor, quien no pareció comprender el motivo de aquella desolación.

—No hay regalos —alegó de manera explicativa.

—¿Regalos? ¡Qué materialistas nos hemos vuelto todos últimamente! Yo no reparto regalos; de eso ya se encargan sus padres. Yo reparto felicidad —A pesar de que quizá fueran fruto de una mente enferma, a David le gustaron aquellas palabras. Dejó escapar una sonrisa por primera vez aquella noche y sintió una calidez repentina en el corazón. Santa Claus lo notó, por supuesto, él siempre notaba esas cosas, y colocó una mano en el hombro del trabajador de zoológico mientras le regalaba una sonrisa.

Sintiéndose un poco más animado por aquellas palabras, David hizo el corazón fuerte y se acercó al reno para agacharse ante él y sonreírle.


—¿No puedes hacerlo un año más? Seguro que cuando volváis a vuestro hogar te van a mimar de nuevo.

El reno gruñó y negó con la cabeza una única vez, cortando todas las esperanzas del trabajador. Santa se acercó a la pareja y suspiró.

—¿Ves? No quiere. Es un cabezota, como mi mujer —gruñó. El reno pareció devolverle el comentario, pero fue a base de rugidos y David no le entendió.

A punto estuvo el joven de reprocharle a Santa Claus ser un cabezota también (no costaba tanto compartir lo que fuera que dejaran los niños para sus ídolos navideños) pero un toque en su bolsillo le interrumpió: Rudolph se encontraba golpeando con su hocico su pierna y olisqueando, como si quisiera algo. Beatty llevó su mano al bolsillo y encontró en él la chocolatina que había comprado en la máquina expendedora antes de llegar a la caseta de los trabajadores. La pequeña cola de Rudolph empezó a moverse rápidamente.

—¿Qué es lo que te pasa? ¿Esto quieres? —preguntó el joven, enseñándole el chocolate. El reno asintió eufórico y casi parecía a punto de ponerse a saltar—. ¿Si te doy esta chocolatina, prometes continuar con el reparto y no ponerte más en huelga por lo que queda de noche? —El animal pareció meditarlo unos segundos antes de asentir. David puso su mirada encima de la chocolatina de la marca “La casa de las pesadillas del Dr. Zaitsev”. No es que no pudiera conseguir más, pero al verla empezó a pensar cuánto le apetecía pegarle un bocado.

Santa Claus pareció entonces darse cuenta del trueque que se estaba a punto de producir y volvió a integrarse en la conversación.

—¿Qué es eso?

—Una chocolatina de la máquina expendedora. Creo que Rudolph la quiere.

—Tiene muy buena pinta
—comentó el hombre vestido de verde. Rudolph gruñó suavemente, amenazándole en dejarle tirado eternamente si se comía aquella chocolatina destinada a él. Tras el aviso, Santa Claus se alejó y David desenvolvió la chocolatina.

—Que aproveche —alegó con una sonrisa. El reno devoró el chocolate antes de que Beatty hubiera acabado de hablar. Alimentar a los animales siempre le había gustado y realmente el poder alimentar a uno de los renos de un supuesto Santa Claus era algo que no se hacía todos los días. El animal se relamió, se volvió a relamer y se levantó, echando un grito al cielo para que los otros renos se levantaran también. David comprobó entonces que algunos de ellos lucían adormilados, seguramente con la misma expresión atontada que había llevado él antes de que Santa Claus aterrizara en el zoológico en el que trabajaba.

—Has conseguido algo increíble, ystävä —alegó orgulloso el hombre disfrazado de verde. O Santa quizá—. Te mereces un poco de felicidad para ti también —aseguró con su tono de guiri finés. David frunció el ceño—. Oh, vamos, no me vas a decir que la magia es solo para niños, ¿verdad? No seas tonto, ven —Y el hombre lo abrazó nuevamente. Pero a diferencia de los otros contactos, éste fue realmente fuerte. Tanto, que David despertó.

Miró a su alrededor con la misma cara de atontado que habían puesto los renos y él antes que ellos. Se encontraba en la caseta de trabajadores, delante de la estufa encendida y sentado en aquella incómoda silla que había escogido. Sus ojos volvieron a cerrarse lentamente, pero de pronto escuchó un golpe en la puerta y supuso que si se había despertado habría sido por otro de aquellos golpes, posterior al que acababa de escuchar. Con pereza en el cuerpo se levantó y al colocarse la mano en el bolsillo echó en falta algo. Algo que se había comprado en una máquina expendedora antes de dormirse.


—¿Me lo habré comido ya…? —se preguntó. La respuesta le llegó sola cuando en el otro bolsillo de su pantalón se encontró con el envoltorio de la chocolatina. Finalmente consiguió llegar a la puerta y en cuanto la abrió, se quedó boquiabierto. Él supuestamente se había marchado lejos. Y habían perdido el contacto. Por lo que resultaba imposible que su ex estuviera de pie en la puerta observándole con una sonrisa y vistiendo un gorro de Santa de color rojizo, ¿verdad? Poco le importó. David únicamente sonrió.

—Feliz navidad, amargado.







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Re: [Evento de Navidad] Relato navideño

Mensaje por Jack Stracci el Miér Ene 06 2016, 23:51

Bueno, yo elegí de época la guerra de secesión.
Adelante, disfruten.

El regalo de Jack Frost:
Los disparos resonaron en la noche como lo hacía el cantar del gallo por la mañana y los padres de la casa se levantaron más rápido que si fueran a trabajar. El jefe de familia se puso su bata gruesa sobre el pijama y tomó la escopeta que dejaba cargada al lado de la cama. Le gritó a su mujer que fuera por los niños y escapara. Ella asintió y corrió rápido a la habitación de los pequeños.

Los niños ya estaban despiertos para cuando mamá entró apurada con los ojos abiertos tan grandes como los de una lechuza en vigilia nocturna, pero a pesar de estar despiertos no habían salido de la cama, se habían metido juntos dentro de esta para que las sábanas los protegieran de la guerra, habían metido incluso al bebé que solían odiar por acaparar el amor de mamá.

La madre corrió hacia ellos, los sacó de la cama a tirones y los abrigó uno por uno lo más rápido que pudo manteniendo el valor pese a que un disparo atravesó la pared de madera y le dio a un osito de felpa que estaba en la cuna. ¡Benditos niños que sacaron al bebé antes! sino ese hubiese sido el destino del pequeño y no del oso. La madre lloró al darse cuenta de eso y besó las cabezas de sus hijos mayores antes de empujarlos para que salieran de la habitación. Tomó al bebé en brazos y echando una gruesa manta sobre él salió de la casa corriendo con el bebé en un brazo, la otra mano se la daba a su hija pequeña y el hijo mayor corría al lado dándole la mano a su hermana. Entre labios la mujer rogaba a dios que su esposo saliera vivo de esa.

Corrieron por la nieve arrancando de los norteños. La guerra que se libraba entre el norte y el sur no era algo que les involucrara directamente, ellos eran pobres y no tenían esclavos, no había motivo aparente para que esos soldados los molestaran, pero tenían huertos y los soldados mataban a todo sureño a su paso para apropiarse de provisiones. Ellos sabían que algún día les tocaría como habían oído que les pasaba a sus vecinos y se habían preparado para cuando pasara, pero esa noche del veinticuatro de diciembre una pesada nieve le hacia muy difícil la escapatoria a la mujer con los niños.

-¡¿Que llevas ahí?!- se escuchó un grito a su espalda. Y la mujer sintió que se le helaba la sangre, como si la nieve hubiese podido colarse hasta ella y a la médula de sus huesos.-¿Qué llevas ahí?

Se acercaron los pasos.

-Nada señor.

El hombre la hizo girarse bruscamente y le quitó al bebé de los brazos. De seguro él pensaba que era comida o algo que le pudiera robar, pero cuando vio la cara de un bebé dormido lo tomó y arrojó lo más lejos que pudo. La manta salió volando por el aire el bebé se perdió en la espesa nieve, sólo se oyó su llanto por unos momentos en los que se opacó por los gritos desesperados de su madre y el llanto de sus hermanos apoderados del miedo. Pero pronto se hizo el silencio y desde la pequeña cabaña el padre de familia vio cómo su mujer y sus hijos caían abatidos al piso por el arma del hombre.

-¡Noooo!

Él hombre salió de su refugio para ir por su familia y tan pronto como lo hizo empezó a recibir disparos, pero no se detuvo, su voluntad era fuerte y sólo deseaba llegar donde su mujer y sus hijos. Caminaba más lento, pero no se detuvo hasta llegar. La vio en la nieve cubierta por una leve capa de esta y como se manchaba su alrededor de rojo, vio a sus hijos con ella en las misma condiciones y el soldado sólo se rio burlándose de su dolor. El dolor que sentía en su alma fue lo más grande que había sentido alguna vez en su vida trabajadora, en la que se había roto huesos y había peleado hasta casi morir. Los disparos ya no dolían, no eran nada en comparación. Entonces notó que no estaba su bebé y miró alrededor buscándolo desesperadamente sin esperar lo que vio realmente.

El hombre quedó inmóvil viendo como una figura delgada y alta, con un abrigo escarchado al igual que su cabello se abría paso rápido ante los atacantes. Vio la oscuridad que lo rodeaba como si cientos de almas en pena estuviesen con él. Vio sus ojos negros como el petróleo un momento antes de que se lanzara para morder en el cuello de quien había matado a su familia. Cuando lo vio levantarse tenía la mandíbula con sangre y los ojos idos mirando el cielo, la nieve lo rodeaba y caía sobre su rostro sin que pareciera importarle.

Jack Frost. Pensó el hombre mirando a la figura del invierno, no había carreta que lo hubiese dejado cerca, no había forma que hubiese aparecido alguien a ayudarlos viviendo tan lejos de todo y aquella noche de navidad sólo el mítico Jack frost se paseaba llevando el invierno, para que Santa pudiera pasar luego con su trineo. Y sólo él podía morder a la gente de esa forma.

-Jack Frost- dijo el hombre y Jack Frost lo miró.
-Tienes miedo
-Temo por mi bebé.

Jack miró por la nieve, no se veía nada aparentemente pero un poco más allá vio en la nieve como se había hundido y caminó hasta allá y sacó de aquel pequeño agujero al bebé, lo levantó y lo miró. Su piel estaba blanca como la nieve y sus labios de un azul intenso, tenía los ojos cerrados y su corazón había dejado de latir. El frio había sido inclemente con el pequeño, y sólo unos minutos bastaron para tomar la vida de una criatura tan frágil.

Jack caminó de vuelta hasta el padre y se agachó delante de él y le entregó a su hijo. Entonces el miedo del hombre desapareció para abrir pasó a la desolación.

Jack dejó de ser atormentado por ese miedo tan profundo que lo había conducido hasta ese lugar y sus ojos dejaron de estar negros y los espectros que le rodeaban lo dejaron en paz por ese momento, entonces se vio a si mismo, como si despertara de un sueño frente a una familia muerta, soldados muertos y un padre que lloraba aferrado a su bebé. Pensó que había sido su culpa, que él había hecho todo eso y sintió que debía escapar del lugar.

-Gracias- dijo el hombre llorando muy para su sorpresa y se miraron a los ojos. El padre se sorprendió al ver los ojos azules del pálido hombre frio y más se convenció que se trataba de Jack Frost- Gracias Jack Frost- siguió llorando desolado y Jack sin decir una palabra se levantó y se dio la vuelta para marcharse. No entendía lo que había pasado, de nuevo su poder lo había arrastrado hasta una zona de muerte.

-¡Jack Frost!- llamó el hombre y Jack se dio vuelta a mirar- ¿Puedo pedirte un regalo de navidad? Sé que no eres tú quien los da, sólo preparas su camino con fuertes nevadas... Pero cuando Santa llegue verá este desastre y no dejará nada…-

-¿De qué hablas?- preguntó Jack incrédulo de todo lo que le decía el hombre- Yo no soy…- negó para sí mismo bajando la mirada, incluso para él era horrible romper la fe de un hombre que había perdido a toda su familia en esas condiciones.- Si, dime que quieres. Lo que sea te lo daré.

-Jack Frost- rogó el hombre con las lágrimas escarchadas en su rostro.- Por favor, te lo suplico. Quiero pasar la navidad junto con mi familia.

-Pero…- Jack dudó y después guardó silencio, miró a su alrededor, miró los ojos del hombre y comprendió lo que deseaba. Su garganta se hizo un nudo y sintió como ese frio que siempre lo acompañaba se hacía aún mayor.- Lo que tú desees.- respondió sintiendo como se escarchaban lágrimas en sus mejillas y le dio el regalo que pidió al padre. Le permitió reunirse con su familia.


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Re: [Evento de Navidad] Relato navideño

Mensaje por Nicola Stracci el Jue Ene 07 2016, 01:36

Está corto, pero al menos es algo. Yo no me salí de la época, solo fui un poco más atrás... Sería un What if.

Spoiler:

25 de diciembre de 1905, 3:21 am.

Baltimore, Maryland, mansión Stracci.

¿Y si…?

La mansión de la familia Stracci yacía dormida a aquellas horas de la madrugada, y aunque las luces estaban apagadas eso no significaba que todos estuviesen durmiendo.
En una de las habitaciones principales, un chiquillo de 9 años se movía inquieto en su cama, ansioso porque saliera el sol para ir a ver sus regalos de navidad.
Sentía que era incapaz de dormirse, llevaba un buen rato con los ojos cerrados y lo único que había hecho había sido fruncir el ceño con aire aburrido, pues enseguida volvía a abrirlos como platos y se fijaba en las sombras que se proyectaban en el techo.
En una de esas la cabeza del menor se giró hacia la ventana de la que provenía la escasa luz que se colaba en su dormitorio, y pateó las cobijas para salir de debajo de estas y ponerse en pie.
A tientas abrió el cajón de su mesita de noche y sacó un paquete de cerillas que allí guardaba, pronto prendió una y con ella encendió la vela a medio gastar que había en un pequeño candelabro, para luego tomar éste entre sus dedos.
Ya habiendo adquirido algo de luz, el niño avanzó en su dormitorio con los pies descalzos hasta alcanzar la ventana, y junto a ésta usó su mano libre para poder apartar la cortina y ver más allá.
La ventana de su habitación daba hacia una parte de los jardines traseros, donde había varios árboles.

En el paisaje que se le presentaba algo pareció captar su atención, y con ello el infante casi pegó el rostro al cristal, como si con ello pudiera mejorar su visión de lo que tenía lejos. El resultado que obtuvo fue el cristal empañándose por su respiración, cosa que lo molestó.
Formó un puño tomando la manga de su pijama y con ello limpió el cristal, esta vez teniendo más cuidado de no volver a empañarlo.
Allí estaba.
Habían dejado un regalo para él.

Emocionado como estaba, el pequeño salió corriendo sujetando el candelabro con ambas manos. Una sonrisa de oreja a oreja cruzaba su rostro, pero no fue directamente al jardín, sino que primero bajó al salón donde el gran pino decorado se alzaba junto a la chimenea.
Debajo había numerosos regalos envueltos, y él tomó el más grande y lo desenvolvió enseguida.
Era rectangular y firme, así que debía venir en una caja, por lo que le servía.
Sin reparar en su contenido, el niño vació la caja y cuando la tuvo en su poder —habiendo dejado el candelabro a un lado—, empezó a quitar los adornos del árbol para meterlos en la caja.
A los más altos le fue imposible llegar por su altura, así que se limitó a llenarla con lo que tenía a su alcance, y cuando ya no cabía nada más la tomó con ambas manos, dejando allí su luz al no poder llevarla consigo, y corrió al jardín, a la parte del jardín que venía desde su ventana.

Enseguida dio con el árbol que había captado su atención, era un roble joven, le quedaba mucho que crecer pero aun así era muy alto, más que el niño.
Quería decorar aquel árbol, así que en la oscuridad de la noche se dedicó a arrojar los adornos lo más alto posible con la esperanza de que estos se engancharan entre las ramas, también rodeó el tronco del árbol con las guirnaldas que antes habían decorado el pino de dentro de la casa, y a pesar de que la mayoría de los objetos acabaron tirados en el suelo, el niño se dio por satisfecho cuando su caja estuvo vacía, y producto del cansancio se echó a dormir bajo el árbol sin importarle el frío que hacía afuera, ya que él tenía calor por haber andado corriendo de un lado a otro lanzando cosas.


A las pocas horas, cuando ya amaneció, los sirvientes revolvieron la casa en busca del pequeño, para finalmente encontrarlo dormido bajo el roble del jardín.
Sus miradas horrorizadas contemplaron la escena del roble decorado, pues en una de sus ramas más altas colgaba como si se tratara de un adorno más la madre del niño.
En esta navidad le habían traído justo lo que él tanto había deseado, y durmiendo se le veía con una sonrisa tranquila.
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Re: [Evento de Navidad] Relato navideño

Mensaje por Invitado el Vie Ene 08 2016, 04:40

Yo me fui a la época actual. Me pase de la hora de entrega  pero bueh...

"Feliz Navidad" decían...:
Siglo XXI
Hoy es Nochebuena ¿Qué significa? Hacer regalos a última hora! No es que tuviera tantos amigos o familia, pero de verdad quería darles buenos regalos este año. El año pasado les había dado perfumes y cremas… fue horroroso ver sus caras de decepción. Sé que hay que seguir el dicho “lo que importa es pasarla en familia, no lo material” Pero ni siquiera había pasado la Nochebuena con alguno de ellos.

Esta vez iba ser diferente, como me lo propuse. Planifique una pequeña cena, había invitado a dos amiga y a mi abuela, ni siquiera sabía cocinar pero por suerte la comida lista congelada me salvaría esta noche ¿Qué sería de mi si no existiera la comida ya hecha? Ya tenía lista la mesa y pequeña decoración, pronto llegarían…

Podría vivir con mi abuela, y así no hacerla caminar hasta mi casa, pero ella misma me dijo que tuviera mi propio espacio; y no soy quien para desobedecerla. Solo me faltaba prender las luces de mi árbol de navidad pero si lo hacía probablemente se produciría un incendio, como me advirtió el electricista del departamento. Mientras esperaba a las demás terminaba de preparar un vestido que en el trabajo me encargaron, veía como iba quedando y me fascinaba… ya quisiera que fuera mío, he de admitir que nunca había hecho una prenda solo para mí.
Afinaba solo unos mínimos detalles al vestido y escuche el timbre, me fijo en la hora pero aun no se supone que deberían llegar. Seguramente una de mis amigas querría ayudarme con la comida ya que sabían muy bien lo “buena” que soy cocinando.

Ojala fuera una de ellas, ojala fuera un vecino, ojala fuera un extraño…

A penas abrí la puerta y vi la cara de quien tocaba la puerta, sentía que no me podía mantener en pie. Las luces se apagaron.
Cuando abrí mis ojos pude ver, y sentir, como estaba atada a una silla. La persona estaba enfrente mío. –Hermana mía mira cómo has crecido, me impresione mucho de verte… Aunque claro, tu te sorprendiste más –dijo con una sonrisa, se acercó a mí y besó mi frente. -¿Qué haces  aquí? ¿Y por qué estoy atada a una silla? –dije balbuceando. Era lo único que podía decir, nunca en toda mi vida había imaginado que él estuviera aquí.

-¿Ni siquiera me dices lo mucho que me extrañas?- su tono fue más serio.
-¿Extrañar a quien me abandono cuando más lo necesitaba?- le grite, tratando de soltarme.
-Cosas del pasado Bonnie. Mírame, estoy aquí contigo, en Nochebuena ¿No lo encuentras lindo de mi parte?-
-¿Dónde habías estado?- mire hacia abajo, aguantando las lagrimas –Desátame por favor…-
-No puedo responder eso, ya sabes, cosas secretas –chasqueó la lengua- Y no, no puedo desatare porque hablaremos de algo y por mi seguridad prefiero que estés así.-
-Estás enfermo- dije ahogando el llanto. Tenía miedo, le temía a él. Este enseguida tomó con fuerza mi mentón. –Eso mismo decía nuestra madre ¿lo sabías? Probablemente no, para la edad que tenías tu cerebro no podría tomar tantos sucesos. –él acaricio mi frente. Soltó mi cara con delicadeza.

-No puedo quedarme mucho tiempo ya que pronto tendrás visitas. Así que te daré mi regalo de navidad –tomó aire- ¿Recuerdas ese día que fuiste a la fiesta de una de tus amigas y cuando regresaste viste nuestra casa en llamas? Bueno… digamos que yo –miro hacia ambos lados, se alejo un poco de mi –Yo fui quien incendio la casa y, asesino a nuestros padres… -él sonaba como si fuera un niño de 6 años diciéndole a su madre que él había roto su jarrón favorito.

No quería escucharlo, quería olvidarlo, no quiero recordar esto que acaba de decir, eso… eso no podía ser verdad. –Maldito desgraciado! –trate de levantarme de la silla y tirarme sobre este. Este con un solo empujón me tenía ya en el suelo. –Eres un maldito, una mierda… un bastardo! –grite, con las lagrima ya cayendo sobre mis ojos. Él se acerco a mi, acarició mi rostro, mirándome con lastima. –Bonnie solo quiero que… -No lo deje terminar, le escupí en la cara cuando lo tenía bien cerca. Como respuesta me dio una bofetada, me lo imaginaba.
-¿Por qué no alegramos el ambiente?- este se levanto y se acerco a mi árbol de navidad. Él saco un encendedor, y enseguida veo como el árbol arde llamas. Él se ríe eufórico, como un loco. Empieza a prenderle fuego a las cortinas, al sillón y más cosas. Yo solo gritaba, pidiendo ayuda.

-Bonnie, Bonnie abre los ojos, te presento el infierno… -Quede totalmente petrificada, era cierto, tenía un infierno en mi hogar al igual que años atrás solo que esta vez yo era quien estaba dentro de la casa… gritando por ayuda. –Yo también acabare así, es algo de familia –escuche su risa. Quería morir, quería morir ahora, no quiera morir por esas llamas o por el humo.

-Te deseo una feliz navidad, hermana mía- quería besar mi frente pero quería tener algo de él cerca de mi. Se fue caminando con normalidad, cerrando la puerta mirándome por última vez. ¿Este sería lo ultimo para mí?¿Un loco y un incendio? Al parecer si. No seguí gritando o tratando de no respirar. Mire el nacimiento debajo del árbol, las llamas aun no lo alcanzaban. Mire al bebé, acompañado de una madre y padre. Si iba a morir ahora, sabía que alguien me estaría esperando al otro lado y seguramente estarían felices de verme… como yo a ellos.
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Re: [Evento de Navidad] Relato navideño

Mensaje por Invitado el Vie Ene 08 2016, 08:08

Bueno, la historia trata sobre la primer navidad de Francis en el barco y nada mas que eso, básicamente misma época principios del siglo...
Tenia muchas ideas en mente, y no sabia que hacer, y no sabia si quería participar y bueno un montón de cosas más que me cansaron, y ademas si no participaba no iba a saber que se sentía e iba a vivir preguntándome como habría sido si... y bueno me cayo inspiración a la cabeza y manos a la obra. (A las 3 de la mañana(?))
Mezcle dos de mis ideas y le puse algo de magia e ingrediente secreto(?) Espero haber podido entrar y espero que le guste y si no les gusta... Bueno, los apoyo en eso y voy a ir diciendo "¡He escrito algo horrendo!" Cosa que seria bastante divertida~

Una navidad en medio de un mar de recuerdos:

“Mira lo sucio que estas, ve a bañarte, y vístete bien que hoy vienen tus tíos, y además Santa no le da regalo a los niños sucios”

Esas palabras rondaban por mi cabeza, pues sería lo que me diría si me viera así, si sintiera el olor que desprendía mi cuerpo, y como mis mañanas me las pasaba trabajando. Todavía recuerdo la mirada de enojo en su rostro, que poco a poco se enternecía y su mano que en lugar de golpearme bajaba a acariciarme el rostro. Era una buena madre, siendo a la vez una mujer tonta, pero en ese momento, cuando yo era pequeño, ella era mi único ejemplo de mujer. Aquellas mañanas con cinco años, en las cuales me dedicaba a jugar, observando como mi hermana menor se tiraba en la tierra, ensuciándose aun más de lo que yo lo hacía, y mi hermano menor, mirándonos desde los brazos de la abuela. Creo que ella era la única que le daba cariño. Sacudí la cabeza un par de veces para quitar esas imágenes de mi mente y seguir concentrándome en el trabajo.

Era temprano, y ya hacía bastante frio, el viento no dejaba de azotar nuestros cuerpos, y las olas se movían descontroladas en un mar  embravecido que no daba tregua. Nunca creí que mi vida iba a ser así, pero había pensado irme, así que iba a sufrir todo lo que el mar quisiera que sufriera. No pensaba volver solo por nostalgia luego de todo lo que había pasado, pues había una parte que extrañaba, pero había otra que tan solo hacía que quisiera alejarme más. Las redes salían completamente vacías, ni siquiera un pez  caía en ellas, y si yo fuera un pez no saldría a nadar con un mar así. Al levantar la mirada pude ver como el cielo se nublaba cada vez más, y tan solo pensé en la mala navidad que iba a pasar allí, yo alguien nuevo, mucho más joven que todos y que no llevaba ni un año en el barco, no tenía grandes amigos en él, y como si fuera poco se avecinaba el mal tiempo, aun peor que con el que estábamos tratando. Se oían quejas y gritos de algunos compañeros, quienes decían que estábamos haciendo todo esto en vano, pero de esto vivíamos, así que tendríamos que seguir intentando encontrar algo.

Estuvimos así por horas, sacando redes vacías, o con algas que no le servían a nadie, pero ningún pez salía. Y luego de esas horas llegó el momento en el que yo también comencé a creer que estábamos haciendo eso sin razón, pues, ningún pez iba a aparecer y lo único que estábamos haciendo era arriesgarnos a que aquellas olas tiren a más de uno al mar. Tardamos media hora en estar todos de acuerdo en dejar de pescar algas, pues los peses seguían sin aparecer. Debían de ser las once de la mañana, o un horario cercano, por lo cual a muchos nos comenzaba a dar hambre, y al parecer cada noche buena cenaban bien, lo cual me parecía una idea excepcional, pero había que aguantar un almuerzo de mierda, aun peor que comer comida que había sobrado, era comer todo lo que había sobrado de la semana, para no gastar nada que fuera a pertenecer al banquete. Fui a acomodar las redes con algunos de los veteranos, quienes no dejaban de tomarme el pelo por ser mucho menor que ellos, intenté no prestarles atención, cuando yo tuviera cuarenta años como ellos sería mucho más fuerte que ellos. Una vez terminamos fui a quitarme los guantes y el gorro que estaba usando, sintiendo tanto frio en mis manos como en mis orejas. Cuando volví a levantar la vista vi como las nubes se veían mucho mas juntas y oscuras por lo cual me apure. Baje a la zona del comedor, que también era la zona común de todos, oyendo los delirios del viejo, y las risas de otras personas, todos parecían llevarse muy bien, pues sus años juntos les habían dado esa relación. Yo todavía no podía unirme del todo a ellos, no tenía muchas ganas de tratar con ellos, y no creía que ellos quisieran tratar conmigo. Camine por los pasillos hasta dar con mi habitación, en la cual me metí, dejando los guantes y el gorro tirado en mi cama, en la cual luego me senté para quitarme las botas.
Levante la vista a la puerta, y sentí que todo se transformaba, me vi a mi mismo de pequeño entrando por la puerta refunfuñando cosas inconclusas, como si hablara mi propio idioma, y sentándome en mi cama para quitarme absolutamente toda la ropa e irme corriendo al baño, seguido de cerca por mi madre, quien cargaba llevaba a mi hermana con su vestido lleno de polvo de la mano. Me levante y fui a la puerta, abriéndola para ver el pasillo y seguir la historia. Me veía allí en los pasillos corriendo con total libertad, hasta llegar al baño, metiéndome a la bañera fría que teníamos, sin siquiera esperar a que mi madre prepara el agua para bañarnos. Bañarme me parecía una pérdida de tiempo a esa edad. Cerré la puerta y volví a mi cuarto, deseando no recordar mas aquellos momentos, que me llenaban de nostalgia y me hacían feliz, pues prefería recordar aquellos momentos que me hacían infeliz y me llenaban de rencor, que me daban más ganas de quedarme en ese barco.

No iba a ir a bañarme porque no tenía ganas, así que tan solo me puse ropa más cómoda y que oliera mejor. Me mire al espejo y me peine un poco, observando lo tanto que había comenzado a crecerme la barba, pues entre todo lo que había tomado cuando me fui olvide la navaja. Salí por la puerta, y desde la del baño me vi nuevamente a mí mismo, pero esta vez con diez años, caminando rápidamente hasta mi cuarto. En esos momentos dejaba de ver los colores grises del barco, y todo se volvía en tonos marrón claro y blanco, como las paredes de aquella casa en la que solía vivir. Sentí cómo mi yo pequeño, que seguía siendo feliz, pasaba junto a mí, metiéndose a mi cuarto, y yo volví a ver el barco tal como era.

¿Me estaba volviendo loco, o tan solo los recuerdos eran muy fuertes?

Pase de largo hasta la cocina, pues yo solía ayudar en todo lo que pudiera, así tenía un lugar asegurado en el barco, y por hacer eso muchos me apreciaban, y me trataban mejor que otros. Por suerte en ese barco nadie sabía que estaba desesperado por alejarme de mi familia. Se veía a aquellos hombres con rostros llenos de nostalgia, escribiendo cartas, que seguramente iban para su esposa y sus hijos; algunos a diferencia de mi padre parecían querer a sus familias y no andar por ahí con rameras. Tan solo los solteros hacíamos lo segundo, y alguno que otro hombre casado también había sido visto con una. Acepto que he estado con algunas, pero me justifica el no estar con nadie, y estoy seguro que no estaré con nadie nunca, hay muy pocas relaciones honestas. A todos nos gusta más el sexo. Al entrar a la cocina salude al cocinero, quien estaba fumando en silencio. Él tan solo levanto la mano.

-¿Tú no vas a ir a escribirle a alguien?- Pregunte curioso mientras lo miraba. Él se mantuvo en silencio por varios segundos, al parecer no quería responder.
-No creo que vayan a leerla.- Dijo con seriedad, y soltando humo de su boca. Su voz se había notado un tanto triste. -¿Y tu chico? ¿No deberías estar escribiendo también? Creo que tus padres te están echando de menos, eres solo un niño.- Fruncí el seño al oírlo, y el solo rió un poco, para luego comenzar a toser.
-Estamos iguales, estoy seguro que no la leerán, han de estar enojados conmigo. Ellos no querían que viniera a embarcarme.- Dije. Por suerte nadie sabía mi historia, pues estoy seguro que, por lo menos mi madre, ansia saber algo de mí. -¿Hoy que vamos a comer?- Pregunte, aunque ya sabía bastante bien la respuesta.
-Lo mismo que todas las navidades, un almuerzo asqueroso, para que luego tener una buena cena.- Dijo serio y dio una pitada. -Ahora vete y deja de hacerme preguntas pequeño.- Se le oía gruñón, así que decidí desaparecer de su vista. Según me habían contado, era mejor no meterse con él, ni mucho menos hacerlo enojar, y por lo menos ahora quería estar bien con todos los tripulantes.

Me senté frente al viejo en una mesa, y comencé a oír sus historias sobre navidad, sintiendo como el barco se mecía con las olas, pero cada vez de forma más controlada. Cada vez oía menos al viejo, y mucho más a mi mente.

<< ¿Mamá qué vamos a comer? ¿Mamá por qué tenemos que esperar hasta mañana para abrir los regalos? ¿Mamá por qué Santa siempre se viste de rojo? Mamá… Mamá… Mamá>>

Vaya que era molesto, pero lo más lindo era que ella tenía una respuesta para todo, aunque algunas de sus respuestas me daban más dudas, en lugar de resolverlas, pero ella era la adulta, ella era quien sabía.

En mis labios se vio una gran sonrisa, y parecía estar feliz y entretenido, haciendo que el viejo creyera que lo estaba oyendo, y pude ver como sus ojos se clavaban en los míos, contándome sobre la vez que estuvo en los Alpes suizos o algunas de esas cosas que se inventaba. Sin decir nada me levante de la mesa y fui a por mí plato de comida, dejando al viejo solo con su delirio. Tome el plato y me fui a sentar en otro lugar, lo más alejado posible de él. No podía dejar de mirarlo, perdiendo mis ganas de comer ¿Cómo podían llamar a esa cosa comida? Cerré los ojos y lleve un bocado a mi boca. No sabría como describir la textura, pero era algo extraña, sentía que se deshacía en mi boca, pero era bastante espeso. Lo trague a la fuerza y seguí comiendo de la misma forma, solo que esta vez no iba a buscar degustarlo. Levante la mirando, buscando las reacciones de los demás, para ver si reaccionaban de la misma manera que yo, pero en lugar de ver a otra persona me vi a mí con trece años, completamente serio, sin comer lo que había en su plato. Podía verlo todo, era pasta, y yo no quería comerla, solo me comportaba como un niño mañoso que odiaba a todos. Tenía mis razones para hacerlo, ya había presenciado más de una pelea, ya había comenzado a crecer y notaba la diferencia que hacían con mi hermano menor, mi madre me parecía una tonta, y sus palabras nunca eran ciertas, solo eran un deseo de mediocre de hacer que los demás crean que sabía más de lo que su pequeño cerebro le dejaba saber.  Miraba los ojos de mi yo del pasado, y en ellos podía ver todas imágenes, la manera en que mi hermano menor lloraba desconsolado frente a mí, diciéndome que quería que alguien le felicitara por lo que hacía, aquellas noches las que mi hermana luchaba por arrebatar aquellas botella de alcohol de los brazos de mi madre, y la manera en que mi padre le gritaba a mi madre. Sentí rabia y me comprendía, aunque no estaba del todo bien en la manera que trataba a mi madre, ella seguía siendo tan dulce como siempre conmigo, preguntándome si me pasaba algo.

No tarde mucho en volver a la realidad, encontrándome con mi plato vacio, seguramente había comido todo, pensando que era parte de aquel delicioso plato de Spaghetti que me negaba a comer. Eructe al sentir el sabor, que aun seguía en mi boca, de lo que acababa de comer, y todos rieron a carcajadas, y yo también lo hice. Lave mi plato, en silencio, oyendo los murmullos de las charlas ajenas. Pase entre medio de todos, recibiendo felicitaciones por ser el primero en terminarse esa cosa, y también muchas cosas más, a las que yo solo reía, y contestaba. Me fui caminando hasta mi habitación, repentinamente me había atacado en sueño. En el pasillo vi correr a mi hermana, ya hecha una dama, preocupada porque su vestido se había roto, yendo en busca de mamá para que le ayudara. Ella al parecer era a quien menos le afectaba lo de mis padres, o quien mejor fingía de todos. Cuando ella desapareció de mi vista, todos los tonos cálidos volvieron a ser grises. Abrí la puerta y sin pensarlo ni una vez me tire en mi cama, esperando tener una buena siesta. Mire el reloj que tenía en mi mesa de luz y eran las dos de la tarde, mi percepción del horario era realmente mala.
Me entregue a los brazos de Morfeo, tapado hasta la cabeza por el frio que tenia. Era más que seguro que soñaría con mi familia, y así fue, seguía soñando con las navidades que habíamos tenido, y lo que lo hacía todo más lindo, era la presencia nula de mi padre, no estaba en ningún lugar para arruinar mis recuerdos. Todos los sueños eran demasiado lindos, y eran demasiados como para recordarlos.

Desperté, y cuando mire el reloj ya marcaba las ocho de la noche, había dormido demasiado. Me levante de mi cama con velocidad y salí fuera de mi cuarto, para volver al comedor. Algunos marineros estaban en su cuarto y otros en la cocina, a donde yo me dirigía. En cuanto a viejo, él no se movió de su lugar. Al entrar a la cocina volví a saludar, y esta vez se oía un olor delicioso, pero nadie quería que ayude, pues no me dejaron pasar más lejos de la puerta.

-Ve a bañarte pequeño.- Oí de una voz suave y femenina, como la de mi madre, y podía verla allí en la puerta, sonriéndome.
-¿Qué?- Pregunte todavía atontado por el sueño.
-Que vayas a bañarte idiota.- Dijo una voz mucho más grave y varonil, y aquel espectro femenino se desvaneció, convirtiéndose en un hombre mucho más alto que yo.

Asentí cansado y di media vuelta. Era mi primer año y estaba como un niño asustado entre adultos, pero estaba seguro que cuando pasara otro año ya iba a ser diferente.
Nuevamente volví a mi cuarto y tome una toalla y jabón para ir a bañarme. Seguía medio cansado, por lo cual caminaba lento hasta el baño. En las duchas no había nadie, pero de todas formas iba a bañarme rápido.  Apenas prendí el agua salió un chorro helado, el cual me despertó por completo, haciéndome tiritar. Y tal como había previsto, me bañe rápido. Me seque bien y fui hasta mi cuarto envuelto en la toalla, y con el montón de ropa entre mis brazos. Iba caminando lentamente, pues mi cuarto no quedaba muy lejos de los baños, y pude verme nuevamente corriendo desde mi cuarto hasta el baño, y nuevamente pasaba mi madre con mi hermana de la mano. Yo estire una mano para intentar tocar sus hebras enruladas, pero ella se desvaneció al primer contacto. Solté un suspiro y seguí hasta mi cuarto. Al llegar y saber que estaba solo tire el montón de ropa al suelo y me comencé a vestir. Ya quería dejar de verlos todo el tiempo, sentía que estaba volviéndome loco, que ellos iban a atormentarme por toda mi vida, que iba a recordar lo bien que vivía y que me vería obligado a volver y pisotear todo mi orgullo. -Ya debo dejar de pensar en esas cosas…- Dije cansado, agarrándome la cabeza.
Me vestí lo mejor que pude, me peiné, y fui a reunirme con todos, intentando no pensar en cosas de mi pasado, como la forma en que iba hasta la sala, bien vestido, para encontrarme con el festival de hipocresía que se armaban mis padres frente a mis demás familiares. Ya estaban todos reunidos, debían ser alrededor de las nueve y media. Me habían hecho un lugar entre todas esas mesas y bancos, y yo me senté entre ellos. La comida no había llegado todavía, y todo hablaban sobre sus familias, sobre sus navidades con ellas, como si quisieran que yo pensara en las mías.  Al poco tiempo llegaron con el banquete, habían pavo, carne, y mucho pescado, cocinado de todas las maneras posibles, y todo se veía demasiado delicioso. Esas cosas nunca las había visto todas juntas en una mesa desde que estaba en el barco. Todos comenzamos a devorar lo que había en la mesa, como si estuviéramos muertos de hambre, de un momento a otro ya nadie hablaba y todo lo que se oía eran los sonidos de los cubiertos sobre los platos. No recuerdo cuanto comí, pero no dejamos nada de lo que habían puesto y me sentía lleno. Aunque había alcohol y yo quería tomar, no tome nada, porque si sobrio ya tenía delirios, ni quería imaginar cómo serian si estuviera ebrio. Ya era de noche y todo se sentía mucho más calmo, el barco casi ni se movía, y no se oía fuertes vientos golpeando el barco.

No faltaba mucho para las doce de la noche, y todos volvían a hablar, pero sus tonos de voz habían cambiado, producto del alcohol, y en el fondo deseaba que mi tono de voz fuera así, pero luego agradecí completamente no haber bebido, en lo que había sido un día cargado de lindos recuerdos, llego él a arruinarlo todo. Vi su rostro serio, pero burlón, la forma en que me miraba con desprecio, y la forma en que seguramente planeaba escaparse esta noche para irse con esa. Tome aire y mantuve la calma para no golpearlo, porque sabía que detrás de él había una persona que no tenía culpa alguna por lo que me había pasado. Me levante sin decir nada, y salí fuera, pude oír como todo se ponía en silencio y ellos comenzaban a hacerse preguntas entre ellos. Fui afuera, a sentir el frio de la noche, tenía los puños cerrados y en mis ojos se podía ver el odio, y el rencor. Apenas puse un paso afuera me vi nuevamente, con seis años aproximadamente, señalando al cielo, tomado de la mano de mi madre y abrazando a mi hermanita. -Recuerdo cuando salíamos a mirar estrellas en navidad, y yo le preguntaba porque Santa todavía no pasaba sobre nuestra casa.- Pensé en voz alta. Estaba reprimiendo las lágrimas, no estaba seguro de por qué quería llorar, cual era la razón ¿La nostalgia? ¿La rabia?
Termine en la Proa del barco, mirando el mar, mientras me agarraba de uno de los bordes. No sabía si quería volver o tan solo alejarme más, pero ambas posibilidades me dolían, haciéndome sentir un niño tonto e indeciso. Oí pasos detrás de mí y voltee a ver quien se acercaba, y era aquel cocinero, quien no dijo nada y se puso a mi lado, fumando su cigarrillo, y dándome otro, el cual yo acepte.

-A veces fumar me sirve para alejar mis penas.- Dijo como si ya supiera todo lo que me pasaba. -Se que te pasa, Francis… No eres al primero que le pasa, es triste pasar la navidad lejos de aquellos a quienes quieres, y más cuando es la primera que pasas solo.- Dio otra pitada, a la vez que yo exhalaba el humo. -Y puedes sentirte mal con todo lo que recuerdas, pero solo puedo darte un consejo, no te sientas mal por tus recuerdos, son parte de ti y tienes que aceptarlo, sin importar si te hacen bien o mal. Yo por mi parte soy viudo, tenía una mujer hermosa, y dos niños, pero una terrorífica noche un bastardo, uno de esos hombres que merecen estar muertos, salió a dispararle a las personas de la calle y lamentablemente ellos se lo cruzaron por querer ir a buscarme al muelle, yo no pude hacer nada, y me entere de todo cuando ya estaban muertos. Pase mucho tiempo viéndolos frente a mí, viviendo mi vida como si ellos siguieran vivos, pero luego me di cuenta de que las cosas no eran así, que ellos no estaban conmigo y por más que yo quisiera creer que vivían conmigo, que me acompañaban en el barco, no era así. Aprendí a vivir en el presente, ellos dejaron de aparecerse frente a mí, pero permanecieron como un lindo recuerdo de que alguna vez existieron en mi vida. Yo no sé lo que te pasa a ti, pero puedo decirte que vivas el presente, pero que nunca los olvides, de vez en cuando recordar nos hace bien.- Dijo y le dio una última pitada a su cigarrillo, tirándolo por ahí, y se fue sin decirme nada. Yo seguí fumando, pensando en sus palabras, y sintiéndome mucho mejor, fue como si todo lo que había vivido en mi día, se había cerrado en un cofre que solo abriría cuando yo quería, era cierto, tenía que vivir mi vida y disfrutar de mi decisión. Tire el cigarrillo y me quede mirando al mar, oyendo como los demás marineros recibían eufóricos la navidad, ya con muchas copas de más. Cerré los ojos, recordando a mi familia, en el único momento en el cual nos abrazábamos sin fingir. -Feliz navidad mamá, feliz navidad hermanito, feliz navidad hermanita, feliz navidad abuela, espero algún poder encontrarlos en el más allá y poder volver a abrazarlos.- Grité, se oía felicidad en mi voz y al parecer nadie me había oído, lo que fue un alivio. Ya me sentía mucho mejor, solo necesitaba una charla al parecer. Volví con todos los demás, dispuesto a divertirme y pasar muy buenas navidades lejos de casa, porque esta no sería la primera.

(Lo estaba escribiendo con sueño, perdon si logro que les sangren los ojos)
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Re: [Evento de Navidad] Relato navideño

Mensaje por The Fool el Miér Ene 13 2016, 21:35

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Re: [Evento de Navidad] Relato navideño

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