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[Baltimore]•"Pedí una ayudante...no un duendecillo" [Eve]

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[Baltimore]•"Pedí una ayudante...no un duendecillo" [Eve]

Mensaje por Invitado el Sáb Ene 09 2016, 00:11

En un lugar como aquel no existía el silencio.

Cualquiera podría pensar que, simplemente, era cuestión de buscarlo en el lugar adecuado, pero es totalmente falso. Entrar en aquel lugar significaba zambullirse en un continuo barullo de risas, gritos, gorgojeos, ruidos de maquinaria, ruedas y cascos, y cientos de otras clases de ruidos que se unían a aquella orgía sonora sin fin. Introducirte en aquel mundo las primeras veces podría resultar desbordarte; te dejaba desorientado y extasiado al mismo tiempo cuando a tu alrededor todo ocurría al mismo tiempo, nada se detenía y colores, formas, olores y sonidos se mezclaban en una sola forma que te hacía sentir tan desorientado como si te hubiera abofeteado el rostro.

Pero para los que llevábamos largo tiempo expuestos a aquellos estímulos, nada era ya como la primera vez. El estridente ruido pasaba a ser un simple rumor de fondo en segundo plano que ya apenas oías, al que no prestabas atención pero eras consciente de que allí estaba, constantemente, día y noche. No impedía la concentración, y tampoco la potenciaba; simplemente era la monotonía dentro de la rutina de alguien cuya vida estaba arraigada con el espectáculo, con el nomadismo y la libertad de no tener un hogar, alguien que estaba solo en un lugar repleto de gente. Sin embargo, sí que existía ese momento de completo de silencio. Oh, sí, existía. Y experimentarlo era algo enormemente placentero y, al mismo tiempo, hacía que sintieses la adrenalina recorrer todo tu cuerpo.

El momento en el que mi cuchillo estaba a punto de escapar de mis manos para surcar el aire como una flecha.

Ese instante, esos escasos segundos, puedo sentir como los cientos de ojos que me miran se abren de par en par. Casi puedo sentir cómo todos retienen el aire en sus pulmones, concentrados en cada uno de mis movimientos. Ese silencio era el más gratificante de todos los silencios: el que precedía a la más pura euforia. Era algo que no se podía experimentar de igual manera en ningún ensayo por la sencilla razón de que las gradas estaban totalmente vacías a excepción, quizás, de algún otro miembro del circo, tan acostumbrado a cuchillos, pistolas, aros ardiendo y bestias realizando bailes de salón que ni se molestaba en interrumpir sus quehaceres para prestar atención a quien estuviese en la arena, quien era yo, en este caso. Hice bailar la última de aquellas cuchillas entre mis dedos rápidamente, con una habilidad desarrollada durante años y una elegancia que hacían parecer aquella tarea algo sencillo. Mi ceño se frunció ligeramente justo en el momento en el que giré sobre mí mismo, sin despegar los talones del suelo, por lo que mis piernas quedaron una cruzada delante de otra cuando extendí el brazo y solté el cuchillo, que silbó cortando el aire antes de clavarse en el blanco: una mancha roja en el centro de la diana, del tamaño de un plato sopero, que giraba colocado sobre una diana mayor. Allí, en aquella plataforma giratoria, debía estar quien fuera mi ayudante, pero al parecer aún nadie se había presentado de momento para el cargo, por lo que me vi obligado a improvisar: cinco dianas pequeñas girando en círculos sobre aquella plataforma. No era gran cosa, la satisfacción habitual de no haber errado un lanzamiento no era la misma, pero no tenía otra opción que conformarme. Resignado, dejé escapar el aire pesadamente entre los labios y me quité la venda roja de seda de los ojos, anudada en la parte posterior de mi cabeza.

—Gracias— dije, sin mirarle, al muchacho que se había ofrecido a hacer girar las dianas. —Puedes irte.

Era un chico que ayudaba con la maquinaria, o eso creía recordar. Me había dejado bien claro que no pensaba prestarse voluntario a, citando textualmente “acabar agujereado como un queso”, pero que sí podría ayudarme en mis ensayos. Iluso. Como si el hecho de que sobre la madera hubiese alguien vivo iba a hacerme fallar. Como si fuera un primerizo cualquiera. Volví a suspirar y me acerqué a la primera fila de asientos de las gradas, a la valla de madera que separaba ésta de la arena, para ser más exactos, de donde cogí el paño que antes había dejado y me sequé el sudor de la nuca y el cuello al decidir dar por finalizada mi sesión de ensayos aquel día.


Última edición por Adrian Gallahad el Miér Ene 13 2016, 13:33, editado 2 veces
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Re: [Baltimore]•"Pedí una ayudante...no un duendecillo" [Eve]

Mensaje por Eve el Sáb Ene 09 2016, 00:48

Eve observaba el circo como si jamás hubiera estado en uno. Tampoco pondría la mano en el fuego por asegurar que nunca había visto uno, pues realmente no lo recordaba, pero su mente ni siquiera había pensado en ello y su mirada marrón recorría con curiosidad cada rincón de aquel lugar. En su mano derecha cargaba un pequeño maletín en el que supuestamente llevaba todo lo que necesitaba para sobrevivir en un viaje. En realidad, lo había cargado aquella misma mañana mientras huía por la ventana del hotel en el que se alojaba y en él no había más que prendas extrañas que no eran de su talla, un vaso de cristal de la taberna que se encontraba al lado de su alojamiento, un par de toallas robadas de la lavandería y un bocata a medio comer envuelto cuidadosamente en papel. Su mano izquierda se entretenía acariciando los botones del gran abrigo que le llegaba a la altura de las rodillas y que le daba una apariencia más extraña aún. Cubriendo sus pies había unas botas grandes de color marrón que se le temblaban cuando andaba al ser de otra talla y que apenas se podían ver pues la larga falda de todos rosados que vestía las cubría casi enteramente. Su pelo largo, despeinado y carente de algún tipo de orden o simetría terminaba de darle el toque mágico a su apariencia.

Había seguido a un hombre sin saber siquiera su nombre ni profesión pero la chica sabía que tenía que ser alguien que se orientara bien, pues el mismo Kóstyk le había pedido que la llevara con el lanzador de cuchillos. En más de una ocasión Eve había visto algo que le había llamado la atención —ya fueran pelucas, peluches, peces o patos— y el desconocido la había tenido que ir a buscar para que reprendieran el camino. Solo cuando la pequeña chica descubrió todo lo que había en el circo que empezara con la letra “P”, se permitió seguir al chico sin distracciones. Él la hizo entrar en una gran carpa llena de arena y la dejó delante de otro desconocido antes de saludar y marcharse. Eve se fijó primero en la cantidad de granos de arena que cubrían aquel lugar y jugueteó un poco con ellos, trazando líneas que conformaban dibujos e historias que solo ella entendía. Cuando hubo acabado de imaginarse una artista pictórica, alzó su mirada hacia el desconocido y estuvo en silencio mirando cada una de las partes de su cuerpo. Su mano izquierda dejó de jugar con el desgastado botón de su abrigo y se dirigió hacia su propia espalda, donde se encontró con la derecha, que había dejado el maletín sobre la arena. Esperó a que el hombre la observara y le dedicó una pequeña sonrisa.

Soy la ayudante del lanzador de cuchillos. Me llamo Eve —Su valentía llegó hasta ese punto, pues no se atrevió a levantar la mano para que el otro se la estrechara.
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Re: [Baltimore]•"Pedí una ayudante...no un duendecillo" [Eve]

Mensaje por Invitado el Sáb Ene 09 2016, 02:47

El chico que me había prestado su ayuda correspondió a mis secas palabras con un simple gesto de la cabeza y se marchó, dirigiendo una última mirada recelosa a mis cuchillos clavados en la astillada madera de la diana, probablemente pensando que a mí se me pasaría por alto aquel gesto que denotó la desconfianza hacia aquellas hojas que fácilmente podrían contar el cuero más duro que existiese. Aunque no me molesté en mostrarlo, sí que me percaté de aquella mirada nerviosa y no pude evitar que mis labios se torcieran en una sonrisa mientras apoyaba mis codos en aquella valla de madera, manteniendo así mi cuerpo inclinado hacia delante para reposar después de horas seguidas de entrenamiento. No culpaba a aquel joven por temer el filo de mis instrumentos; todo el mundo lo hacía. En eso residía mi interés en ellos: ver esa mezcla de miedo y admiración en los ojos de cualquiera que viese los cuchillos bailar en mis manos. La habilidad para manejar aquellos instrumentos finos, casi elegantes, podría decir, era algo que espantaba y sorprendía a partes iguales; yo mismo me maravillé de niño con las hojas surcando el aire, descubriendo con sorpresa que me apetecía tanto tocarlos como alejarme de ellos.

Secándome los últimos restos de sudor de mis sienes, donde se había formado una fina pátina de  humedad, terminé por incorporarme, echándome aquella pequeña toalla a uno de mis hombros y atravesando la distancia  que me separaba de la diana caminando sin prisas por la arena. El suelo amortiguaba el ruido de mis botas al caminar, por lo que lo único que acompañaba al ritmo de mis pasos era el tintineo de mi navaja guardada en mi cinturón, el que usaba para guardar mis cuchillos durante los números, además de la vieja navaja que llevaba siempre encima, aunque no le daba uso en el espectáculo. Con decisión pero con cuidado, casi con mimo, fui arrancando uno a uno los cuchillos lanzados de la madera, sacándole a esta, inevitablemente, alguna que otra astilla. Aunque la muesca que dejaban era limpia, aquel trasto era ya viejo, y la humedad y los cambios del tiempo hacían estragos en él que no estaba en mi mano solucionar, pero tampoco le daba más importancia. Conforme desclavaba los cuchillos, iba colocándolos en mi cinturón para mantenerlos seguros y evitar posibles accidentes, pero algo interrumpió mi tarea cuando ya tenía en la mano el último de ellos. Sin reprimir un gruñido de resignación, rodé los ojos en mis cuencas hasta dejarlos en blanco antes de girar sobre mis talones para recibir a quien fuese que reclamaba mi atención, esperando sus noticias con una ceja ligeramente enarcada y un deje de indiferencia en mi expresión.

Otro de los mozos de Kóstyk se presentaba ante mí, pero este venía acompañado de alguien a quien yo no conocía. No llevaba demasiado tiempo allí; de hecho podía considerarme “un recién llegado” pero no solía olvidar a cualquier persona que conociese, y menos una como aquella. Se trataba de una chica de muy corta estatura, cuyas vestimentas –“harapos” sería un término más correcto en este caso- no ayudaban precisamente a lucir la posible figura que pudiera tener, sin hablar de que un enmarañado y extremadamente largo cabello ocultaba casi por completo su rostro infantil de expresión ausente. Sin detenerme mucho más a observarla, y cruzando los brazos sobre el pecho, aún sosteniendo el último cuchillo, me dirigí al mozo que la acompañaba con una expresión en mi rostro que reflejaba claramente una sarcástica hospitalidad.

— ¿Y bien?— pregunté con suavidad, mirando alternativamente a uno y a otro aunque la muchacha no me hiciese el menor caso— ¿Puedo ayudaros?

El joven ni siquiera me respondió, sino que hizo algo que me dio aún más mala espina: sonrió. Sonrió como quien está a punto de ser testigo de un increíble y entretenido espectáculo, y aquel gesto no hizo más que aumentar mi inquietud sobre las intenciones de aquellos dos personajes. Lejos de resolver mis dudas, el mozo simplemente me dio las buenas tardes, se dio la vuelta y se alejó por la arena hasta salir por donde había entrado. Seguí su recorrido con la mirada, y en mi rostro habitualmente inexpresivo se reflejó por un segundo la sorpresa al ver que la pequeñaja harapienta no lo seguía, y él no volvía a por ella. Me la había dejado allí como quien abandona un bebé en la puerta de un convento. Suspirando por enésima vez en apenas unos minutos, volví a pasear la mirada por aquella pequeña criatura, pero por mucho que la mirase o buscase algún buen rasgo en ella, mi primera impresión distó mucho de ser buena. Ella, por su parte, jugueteaba con la arena como si fuera el mayor entretenimiento del mundo, haciendo caso omiso a la expresión cada vez más impaciente de mi rostro. Cuando finalmente alzó la mirada hacia mí, pude ver que, al menos, sus ojos castaños eran hermosos y de mirada cálida. Quizás sirviera para vendedora de golosinas, si la gente se apiadaba de aquellos ojos de mirada pueril. Pero entonces habló, y supe que no estaba allí para vender golosinas. Y toda buena impresión de ella desapareció. Estaba allí para ser mi ayudante.

—Esto debe de tratarse de una broma—dije después de un breve silencio de incredulidad, mientras guardaba con un gesto seco el último cuchillo en mi cinturón—. Una chiquillada sin ninguna gracia.

Pero en mi más profunda conciencia sabía que en aquel lugar no se bromeaba con el trabajo, y que iba a tener que apañármelas con aquella criatura o seguir ordenando a los mozos que le dieran vueltas a las dianas. Me pasé una mano por el mentón, rascándome la algo más que incipiente barba con un gesto que dejó claro mi descontento y mi seguida resignación.

—Bien, Eve— pronuncié su nombre con cierta lentitud, como si el hecho de mentarla fuera reírme de mi propia desdicha— Sabrás, entonces, cuál es tu función aquí ¿me equivoco?


Última edición por Adrian Gallahad el Miér Ene 13 2016, 13:34, editado 2 veces
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Re: [Baltimore]•"Pedí una ayudante...no un duendecillo" [Eve]

Mensaje por Eve el Sáb Ene 09 2016, 03:50

La chica se mantuvo en silencio mientras el lanzador de cuchillos alegaba que aquello tenía que ser una broma. Tras aquella acusación, una persona normal se hubiera sentido avergonzada, lastimada o incluso enfadada, pero ella simplemente le escuchó sin sentirse de ninguna manera en especial. En primer lugar porque no comprendía por qué tenía que ser aquello una broma —no había visto a mucha gente reírse en aquel lugar, ni siquiera cuando se había puesto a colocarle pelucas a los patos de goma de una carpa almacén medio escondida antes de que el guía la encontrara— y en segundo porque esperaba que el hombre dijera algo más, a poder ser que le aclarara si él era el lanzador de cuchillos. La chica le había visto recoger aquellas armas blancas y colocárselas en la cintura, pero no por ello aquel hombre tenía que ser el lanzador que buscaban.

Eve bajó la mirada cuando el hombre pronunció su nombre, como si hubiera hecho algo mal y se estuviera dando cuenta en ese momento. Su mano izquierda soltó a la derecha detrás de su espalda y volvió a su tarea de reconocimiento del botón del abrigo, jugando con él y creando unos pequeños “click”, ”click”, “click” con la uña golpeando superficialmente el material de la gema. Durante un segundo se preguntó cómo sabía el hombre su nombre, hasta que recordó que ella se había presentado momentos antes y que en ese lugar todos la llamarían por su nombre y supo entonces que tarde o temprano tendría que acostumbrarse. Interrumpiendo sus pensamientos, el supuesto lanzador de cuchillos le pidió que le dijera sobre su función allí y los ojos marrones y brillantes de Eve se abrieron con sorpresa ante tal pregunta.

¿Qué era lo que debía hacer? Pensó en responderle que lo que tenían que hacer era encontrar al lanzador de cuchillos perdido, pero aquel hombre no se había referido a los dos sino a ella misma, por lo que aquella opción quedaba descartada. En busca de una buena respuesta, frunció el ceño y se quedó contemplando el atractivo rostro contrario, acercándose cada vez más a él de manera inconsciente y buscando la respuesta tatuada en sus facciones o quizá dibujada con luz en su mirada. Fue entonces cuando lo encontró: el hombre no parecía demasiado contento. Ella sabía que únicamente había una manera de alegrar a la gente —o al menos que ella supiera— así que dio un salto hacia él para borrar la distancia que quedaba entre sus cuerpos, alzó los brazos ocultos dentro de aquellas enormes mangas del abrigo y dejó escapar un montón de confeti que empezó a descender poco a poco entre ellos tras haber sido lanzado.

Tenemos que hacer que todos estén contentos viendo el espectáculo —le respondió con una gran sonrisa. Sonrisa que no borró a pesar de no haber conseguido hacer nacer felicidad en el rostro contrario. Su mirada se centró entonces en un trozo de papel rojo que se había quedado sobre la cabeza del hombre, casi enterrado en su cabello. Alzando la mano intentó alcanzarlo pese a la diferencia abismal de alturas y en cuanto lo tuvo entre sus dedos lo colocó en su palma y lo contempló. El confeti de sus recuerdos era de muchos colores, pero el rojo predominaba entre ellos. Rojo… Lo había visto antes. Su mirada se posó entonces sobre la diana de madera de la que el hombre había estado sacando los cuchillos y se dio cuenta de que también en ella había zonas rojas, justamente las que parecían estar más agujereadas. Quizá sí fuera ése hombre el lanzador de cuchillos. Eve se apartó de él para acercarse a la estructura de madera y colocó su espalda contra ésta—. Lanzador, ¿podrías acertar esto?

No parecía interesada en hablar de negocios. Simplemente quería descubrir cosas nuevas, y aquello fue lo que hizo cuando alzó la mano y dejó caer el trozo de papel de confeti rojo, esperando a que el otro lo acertara. Eve no solía fijarse en detalles, por lo que no se fijó en que era ella la que tenía más posibilidades de salir herida si el cuchillo erraba su dirección. Y no es que los cuchillos le gustaran demasiado, de hecho, la aterraban bastante. Si había decidido aceptar ser la ayudante de un tal “lanzador de cuchillos” no había sido sino porque no tenía ni idea de lo que se suponía que hacían los ayudantes con los lanzadores (había supuesto por el nombre que éstos serían los encargados se lanzar cuchillos, aunque no sabía hacía donde).
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Re: [Baltimore]•"Pedí una ayudante...no un duendecillo" [Eve]

Mensaje por Invitado el Sáb Ene 09 2016, 22:52

Aunque mis palabras eran concisas y de fácil entendimiento, la muchacha parecía no haberlas comprendido, o bien había decidido ignorarlas por completo. Cosa que, ciertamente, no me sorprendería. Cuando pronuncié su nombre bajó la cabeza, de forma que el enredado y oscuro cabello volvió a ocultar su rostro de piel fina y pálida. O al menos así lo era en las zonas donde no lucía algún que otro rastro de suciedad, probablemente del propio polvo que había levantado con sus pies para llegar hasta allí entre la arena con aquellas botas que calzaba. En aquel momento me habría apostado uno de los juegos de cuchillos que portaba en mi baúl a que aquellas botas eran, cuanto menos, tres tallas más grandes de lo que en realidad la muchacha debería llevar, pero dado que no era el detalle más desastroso que se podía apreciar en ella, opté por obviar lo evidente e intenté dejar a un lado, por un momento, el descuidado aspecto de la joven y mostrarme todo lo amable que mi paciencia me permitiese. Aquello no era demasiado, pero necesitaba sacarle algunas palabras a la pobre criatura, para al menos saber cuánto me tendría que volcar en ella para que consiguiera aprender a ser una ayudante, no brillante, pero como mínimo decente. Hasta ese momento, todo apuntaba a que incluso sería necesario que le advirtiese que la idea era esquivar los cuchillos, y no lanzarse hacia ellos.

Cuando le formulé aquella pregunta tan simple para disipar mis dudas sobre hasta qué punto estaría preparada, lo único que recibí como respuesta fue una intensa y curiosa mirada de aquellos ojos castaños, que se abrieron con asombro, como si aquella cuestión la hubiese sorprendido con la guardia baja. Me pregunté por enésima vez de dónde habrían sacado a aquel pequeño ser mientras reprimía un suspiro, apretando mi mandíbula, y volvía a cruzarme de brazos. No me atrevía a calcular la edad de la chica, pero sí que me arriesgaría a decir que sus gestos, y la forma en que miraba todo a su alrededor –incluyendo mi persona- semejaban la actitud de una niña que descubre el mundo por primera vez. Aquello podía resultar muy poético y enternecedor para algunos, pero no para mí. Lo que yo necesitaba era una chica bonita a la que el público mirase cuando yo necesitara centrar la atención de todos en ella. Pero aquella chiquilla parecía feliz ignorando todas aquellas cosas y se limitaba a observar mi rostro como si tuviese escrita en la frente la respuesta a la cuestión que le había planteado hasta el punto de incomodarme. Mi paciencia ya rozaba un límite infranqueable cuando, de un salto, Eve se acercó a mí y alzó los brazos con energía, abriendo las manos. De ellas salieron cientos de pequeños papeles de todos los colores que cayeron lentamente sobre nosotros, dejando el suelo a nuestro alrededor hecho un desastre. Y, por si con aquello no fuera suficiente para crispar mis nervios –que lo era-, remató la faena con una frase digna de escribirse en los carteles que colgábamos por la ciudad para anunciar el circo.

Mis ojos se cerraron lentamente mientras las aletas de mi nariz se dilataban de forma inapreciable al coger aire para luchar contra mis impulsos asesinos, que cada vez luchaban con más fuerza por salir y yo empezaba a dudar si debía reprimirlos. Con una mueca derrotada en el rostro y una irónica sonrisa en los labios, alcé la mirada al techado de la carpa, como si pudiera ver el cielo a través de ella. “Sea cual sea el delito que me estás haciendo pagar, creo que ya es suficiente”, pensé como si estuviese comunicándome con alguien allí arriba. Nunca había despertado mi interés la posible existencia de un Dios, pero si resultaba ser cierta, se lo estaba pasando en grande conmigo, eso seguro. Me pasé una mano por el pelo, echándomelo hacia atrás aunque este volviese a su lugar de nuevo, indomable. Fue en ese momento cuando la joven aprovechó para retirar de él uno de los trocitos de confeti que había arrojado anteriormente, observándolo detenidamente antes de, sin más, acercarse de forma distraída a la diana y apoyarse sobre ella. Yo seguí su recorrido con la mirada, volviendo a alzar una ceja hasta que sus palabras me hicieron fruncir el ceño automáticamente.

Apenas pasó un segundo desde que Eve hizo aquella pregunta, hasta que soltó el trozo de papel en el aire. Pero yo estaba preparado. Oh, siempre lo estaba. Mi cuerpo se tensó y me incliné ligeramente hacia delante cuando llevé mi mano zurda hasta la empuñadura de uno de los cuchillos, manteniendo mis piernas ligeramente separadas y mi vista fija en el pequeño blanco con el que la criaturita me retaba. Para mí, aquel momento de concentración duraba más de lo que era en realidad: apenas uno segundos. Yo podía notar casi como el tiempo se ralentizaba mientras agarraba con fuerza la empuñadura del cuchillo, esperando el estímulo que me permitiera calcular cuando lanzar. El papel cayó dando un par de vueltas danzarinas en el aire, y entonces la luz lo hizo brillar con un pequeño destello. Ahí estaba. Lancé el cuchillo conforme lo saqué del cinturón, manteniendo el brazo bajo en lugar de alzarlo, haciendo que la afilada arma girase hacia atrás mientras cruzaba el aire como una flecha hasta que se clavó en la diana sobre la que estaba apoyada la chica, llevándose el confeti en su camino.

—Por eso puedes estar tranquila—dije, manteniendo aún cierta frialdad pero acercándome a ella para hablar y volver a recoger mi cuchillo—. Mi puntería es perfecta, así que si alguna vez me ves errar el blanco, no dudes que habrá sido a propósito.

Tenía que admitirlo: aquello lo había dicho para asustarla. La idea de que pensase que en algún momento podía dañarla con alguna de aquellas cuchillas no es que fuera alentadora, y de momento no pensaba cumplir mis palabras, pero el cambio que se dio en el rostro de la pequeña al oírme hizo que mereciera la pena gastar mi humor –el poco que tenía- con alguien que no llegaba a comprenderlo. Volví a guardarme el cuchillo y, por tercera vez, paseé una desilusionada mirada por el atuendo de la joven.

—Vamos a los camerinos—sentencié antes de girarme sobre mí mismo para comenzar a andar sin esperar a ver si me seguía— Algo habrá que pueda hacer contigo.


Última edición por Adrian Gallahad el Miér Ene 13 2016, 13:37, editado 2 veces
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Re: [Baltimore]•"Pedí una ayudante...no un duendecillo" [Eve]

Mensaje por Eve el Dom Ene 10 2016, 02:45

La fina hoja del cuchillo partió por la mitad el trozo de papel, que bailó en el aire unos segundos más antes de caer al suelo. Para poder observar bien ambas mitades, la chica se había agachado, apoyado los codos en las rodillas flexionadas y había estado observando el espectáculo con la cabeza sujeta por sus manos, como si aquello le resultara realmente interesante. En cuanto el papel tocó el suelo, Eve se giró hacia el lanzador y empezó a aplaudirle con una sonrisa en el rostro, quizá porque no hubiera esperado que alguien tuviera aquellas habilidades. Haciendo gala de su buena fe, llevó entonces la mano a la empuñadura del arma para poder devolvérsela al hombre, pero el cuchillo se encontraba fuertemente clavado en la madera y a Eve le fue imposible sacarlo. Lo intentó tres veces más hasta que el dueño del arma apareció y lo sacó del tirón, como si realmente no le costara ni el más mínimo esfuerzo. El lanzador la advirtió sobre su puntería, más Eve le dio poca importancia a aquellas palabras.

No te preocupes, soy tu ayudante así que podré apañármelas —contestó simplemente, encogiéndose de hombros y levantándose con la espalda todavía pegada a la madera. En cuanto vio que el otro se movía, dio un paso hacia delante para acercársele pero tuvo que emitir un pequeño gemido de dolor al darse cuenta de que uno de sus mechones se había quedado atrapado en la madera deformada por los cortes del cuchillo. Una mujer normal habría intentado separar su pelo con cuidado y peinarlo con esmero, pero por suerte o por desgracia Eve no era precisamente una mujer normal. Si llevaba el pelo largo era porque no había encontrado a nadie que se ofreciera a cortárselo y ella lo había dejado crecer sin siquiera pensar en el pelo como algo estético que se debiera cuidar. Así que en cuanto quedó enganchada a la madera, cogió el mechón problemático y tiró de él hasta que quedó liberada. Después se dio media vuelta y empezó a seguir al hombre, quién había empezado a hablar para pedirle que se dirigieran a los camerinos.

Cuando pasaron por delante de su maletín, Eve se agachó para cogerlo con cuidado y continuó caminando detrás de su nuevo compañero. Había aprendido que definitivamente el hombre de mirada fría que había sido inmune al confeti era el lanzador de cuchillos que debía encargarse de ella y también que su puntería era magnífica. Más le valía no olvidarlo.

En cuanto salieron al exterior, Eve retomó su tarea de mirar alrededor buscando quedarse con todos los detalles de los que podía ser capaz. Sus pasos se fueron haciendo cada vez más inestables por culpa de la talla de sus botas combinada con la velocidad a la que tenía que seguir al hombre y casi parecía estar jugando a un extraño juego en vez de estar caminando como una persona adulta. A causa de las sacudidas al andar, su maletín medio vacío empezó a emitir un sonido apagado que se iba repitiendo cada vez que Eve colocaba un pie en el suelo. En ese momento se dio cuenta que por la dificultad de sus pasos se había quedado con la mirada fija en la espalda del hombre que andaba por delante así que retomó su tarea de observar alrededor. A su derecha y a bastante distancia, medio escondida entre la tela de una de las carpas, encontró a una mujer desconocida.

Llevaba un vestido de color rojo con volantes blancos que llamaba la atención e iba tremendamente descotada. Parecía hablar con alguien, pero ese alguien quedaba oculto por la carpa y a la chica le era imposible saber de quién se trataba o si le habría visto alguna vez en lo poco que llevaba en el circo. Fue imposible que la chica no se comparara mentalmente con la extraña mujer que había a su derecha. Extrañada, se llevó una mano al pecho y comprobó que sus atributos no eran tan voluptuosos como los de la desconocida. Pero lejos de deprimirse por aquello, pensó únicamente en lo curioso que era que dos seres de la misma especie pudieran diferir tanto físicamente. Lo que más le llamó la atención de la mujer, paralelamente a su delantera, fue el pelo rizado, negro y brillante que lucía. Eve se llevó la mano a la parte trasera de su cabellera, donde seguía teniendo el nudo que había provocado el haberse pillado el pelo con la madera.

Oye lanzador, no me has dicho tu nombre —alegó, rompiendo el silencio que se había formado entre ellos y que solo había sido roto por el continuo repiqueteo del maletín de Eve. Sacando fuerzas de flaqueza, dio cinco pasos seguidos y rápidos para adelantar al hombre y al colocarse delante de él le enseñó el destrozo que se había hecho en el pelo y que en un buen principio había creído poco importante—. ¿Crees que podrás arreglármelo? —le pidió, intentando desnudar el enredo con los dedos y fallando estrepitosamente en el intento.
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Re: [Baltimore]•"Pedí una ayudante...no un duendecillo" [Eve]

Mensaje por Invitado el Miér Ene 13 2016, 16:44

Antes de abandonar definitivamente la carpa principal, e incluso antes de que llegase a salir de la arena, un gemido ahogado de dolor llegó hasta mis oídos y me hizo girar parcialmente de nuevo hasta la chica. Ladeando el rostro y espiando por encima de uno de mis hombros, me aseguré de que seguía de una pieza; en un principio me alarmé al pensar que su quejido se debía a que la hoja del cuchillo sí que la había rozado aunque yo no hubiese sido consciente, lo que era bastante preocupante, ya que podría estar herida, y sobre todo porque eso implicaría que había errado el tiro, y eso era algo que no podía permitirme. Sin embargo, nada de aquello había ocurrido, y su queja se había debido tan solo a un nuevo acto de rareza en ella, que me terminó de confirmar que en ciertos aspectos, además era una muchacha bastante torpe. Respiré hondo una vez más y continúe mis pasos hacia el exterior sin esperar a ver cómo liberaba su mata de pelo a base de tirones de aquel enredo.

En cuanto puse un pie en el exterior, el sol me golpeó en la cara, haciéndome entrecerrar los ojos mientras continuaba avanzando hacia mi carromato, pensando que quizás aquella no fuera la mejor idea. El pequeño espacio dedicado al aseo que tenía en el interior de aquella carreta donde vivía ahora no era precisamente amplio ni lujoso, y quizás no fuera lo más apropiado para meter a una señorita. Ni siquiera para meter a Eve. En aquel momento ni siquiera sabía si ella debía convivir conmigo o tendría su propio espacio, y me sorprendí a mí mismo al percatarme de que prefería la primera opción. No es que fuera agradable para mí compartir lo poco que me quedaba de espacio personal, pero prefería tenerla vigilada, al menos mientras continuara siendo tan despistada como estaba demostrando ser y fuera yo quien tuviese que educarla y enseñarla a desenvolverse. Me gustase o no, ahora era mi problema, y si le ocurría algo…mejor dicho: cuando le ocurriese algo, tendría que ser yo el que estuviese allí para sacarla del apuro. ¿Qué había hecho para merecer semejante cruz? No lo sabía, pero una ayudante no era algo fácil de conseguir, ni siquiera una como aquella, y si a la criatura le ocurría algo sería mi responsabilidad.

Aún debatiendo mentalmente conmigo mismo por qué debía decantarme, una chica no demasiado lejos de mí llamó mi atención y tras ello me sonrió. Le devolví el gesto, torciendo mis labios en una media sonrisa e inclinando de forma casi inapreciable mi rostro. Era la primera vez que veía a aquella mujer. Me acordaría si la hubiera visto antes, eso era algo seguro; tenía una larga y espesa cabellera rizada y un rostro bronceado, y con un cuerpo escultural cuya figura resaltaba con un vestido descotado, haciendo que lo primero que se observase de ella no fueran precisamente sus enormes ojos castaños. Lo único que me interrumpió al intercambiarla mirada con aquella mujer fue el golpeteo constante detrás de mí que venía del interior de la maleta de Eve. No quería preguntar, ni saber, qué era lo que llevaba en el interior de aquel pequeño maletín, pero no pude reprimir un nuevo gesto de impaciencia cuando tuve que prestarle atención a sus palabras, por lo que la mujer del vestido rojo hizo una coqueta mueca de lástima y volvió a su conversación, observándonos a mi ayudante y a mí aún cuando nos alejamos.

—Gallahad. Adrian Gallahad—respondí, sin volverme, a la protesta de la chica ante mi falta de educación—. Pero tú, al menos en los espectáculos, debes llamarme Maestro.

Casi no podía recordar cómo había terminado por hacerme conocer con aquel sobrenombre, que ni siquiera había sido invención mía. Probablemente fuese el boca a boca de los espectadores que solía tener en tabernas y demás espectáculos, unos más selectos y otros mucho menos sofisticados, apremiado a actuar en ellos por la pura necesidad. Enclaustrado en mis pensamientos y memorias, intentando recordar algo que, quizás, nunca había llegado a saber, apenas vi cómo Eve me adelantaba, moviendo muy rápido sus cortas piernas para ponerse delante de mí, haciéndome parar en seco para no chocar contra ella y terminar por tirarla al suelo. La muchacha tenía uno de los mechones de su largo cabello enredados entre los dedos, e intentaba deshacerse los nudos a tirones. Unos nudos que parecían llevar ahí mucho tiempo; tanto que lo más probable es que no hubiese nada que hacer con ellos.

—Estate quieta—le reprimí, cogiendo sus manos entre las mías para soltarlas de su cabello para evitar que empeorara aún más la situación mientras ella me preguntaba si tendría modo de solucionar aquello—. Si solo fuese el pelo lo que hubiese que arreglar. Está bien, ya te he dicho que alguna manera habrá de adecentarte. Vamos, camina.

Poniendo mis manos sobre sus hombros, la giré sobre sí misma con firmeza pero sin ser brusco, incitándola a que siguiera caminando hacia delante, pero variando un poco la dirección. Había terminado por decidir que mi pequeño carromato no sería suficiente para hacer todo lo que había que hacer con aquella chica, quien parecía venir de vivir en el bosque más recóndito del país, criada por una manada de lobos. Lo mejor era dirigirse a los camerinos principales, los que se usaban antes y entre las actuaciones en la carpa, y contaban con más comodidades que las carretas de los artistas. No eran, precisamente, el balneario más ostentoso del mundo, pero servían para adecentarse. Dudaba que a alguien le importase que metiese allí a Eve para que se lavara, y si recibía alguna reprimenda, con mirar a la pobre criatura quedaría claro que era una cuestión de salubridad pública. Así, manteniendo una de mis manos en su hombro con actitud relajada, pero sin permitirle desviarse del camino, la conduje hasta el lugar indicado. Nos introdujimos en uno de los camerinos y le señalé la cortina que daba al aseo con un vago gesto de la mano.

—Yo te esperaré aquí—indiqué, apremiándola para que no nos demorásemos más, y después miré su pelo enmarañado con una mueca algo insegura en el rostro—. Después haremos algo con eso.
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Re: [Baltimore]•"Pedí una ayudante...no un duendecillo" [Eve]

Mensaje por Eve el Sáb Ene 16 2016, 01:45

Eve entró en el camerino todavía con ambas manos juntas sobre el pecho, posición que había adoptado cuando Adrian se las había cogido para pedirle que dejara de tocarse el pelo. La puerta se cerró a sus espaldas y la chica se detuvo a observar a su alrededor pues jamás había estado en una habitación tan llena de cosas. Había pelucas, pinturas, algunos vestidos, corbatas, mesas llenas de artilugios extraños, espadas apoyadas en las paredes… y hasta un espejo justo delante de ella. Con curiosidad se acercó a él para observarse: un flequillo largo caía de manera desordenada por su rostro y provocaba que su apariencia recordara a uno de aquellos perros peludos que apenas ven por donde caminan. Al mirar su reflejo, se dio cuenta de que sus manos seguían sobre su pecho por lo que las movió lentamente hacia sus hombros, donde apenas algunos minutos antes habían estado las manos del lanzador de cuchillos. Eve juntó entonces su mano derecha con la izquierda y se sintió extraña al descubrir que sus manos eran mucho más pequeñas que las del hombre y que ella apenas podía abarcar tres cuartas partes de lo que había abarcado él cogiendo sus manos.

Se acercó todavía más al espejo, hasta el punto de empañarlo levemente con su respiración, y se apartó el flequillo para observarse los ojos. A pesar de no ser como los de la mujer que había logrado atraer la atención de Adrian, Eve no consideraba que fueran unos ojos feos o carentes de interés. Le sacó la lengua al espejo y consideró hasta atractivo el color rojo que poseía. En comparación con la patata golpeada y hervida que tenía la mujer del vestido rojo por nariz, la suya propia era pequeña y bonita por lo que parecería lógico que Adrien le hubiera prestado más atención que a la otra. Pero no había sido así y la pequeña Eve no conseguía entender por qué.

El agua… —se recordó a sí misma, alejándose de su reflejo, despidiéndose de él con la mano, y abandonando la habitación para introducirse en la contigua, en la que una gran bañera vacía la esperaba. Antes de desvestirse pensó en abrir el grifo para que el agua empezara a llenar aquella superficie alargada pero al descubrir el fluir del agua se quedó hipnotizada y se agachó ante la bañera, apoyando sus brazos en el borde y su cabeza en ellos para ver observar como poco a poco se iba llenando. En un impulso, alzó el brazo derecho y de él apareció una nube de confeti que fue cayendo lentamente hasta quedar flotando sobre el agua transparente. Inconscientemente se llevó una mano al nudo para intentar peinárselo de nuevo, pero aquello no parecía tener solución. Se levantó, dejó que las prendas se deslizaran por su cuerpo —hecho que no le costó mucho pues eran varias tallas más grandes— y con un cuidado y una delicadeza impropias de alguien con sus pintas, se metió en la bañera tras cerrar el grifo. Al mirar alrededor, apareció en su campo de visión una pastilla de jabón que cogió unos segundos después y que empezó a pasarse por la piel. El champú no tardó también en caer en sus manos y formar parte de los extraños colores que se diluían con el agua que rodeaba su cuerpo.

Echó entonces su cuerpo hacia delante e inclinó la cabeza hacia atrás para que su cabeza por completo empezara a hundirse en el agua. Cerró los ojos y se centró en la caricia del líquido transparente sobre la piel de su rostro. Tras unos minutos con la mente en blanco zambulló su cabeza y salió del agua, completamente empapada y dejando un charco enorme a sus pies que se mezcló con un poco de confeti que había caído de sus ropas y se había quedado allí en el suelo. De la misma manera, en su cuerpo se habían pegado algunos de los trozos de papel de colores que había lanzado previamente, por lo que parecía que la limpieza no hubiera servido para nada. Se volvió a colocar pacientemente las prendas que llevaba antes de haber entrado allí y salió de la habitación a paso tranquilo y sin ser consciente del rastro que estaba dejando a sus espaldas o de ir con el pelo empapado por completo. Al pasar de nuevo por delante del espejo se sacó la lengua a sí misma y salió en busca de que Adrian le dijera los próximos pasos a seguir o al menos le diera la solución para poder arreglar su pelo y que quedara tan bonito como el de la desconocida.
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Re: [Baltimore]•"Pedí una ayudante...no un duendecillo" [Eve]

Mensaje por Invitado el Sáb Ene 30 2016, 23:00

En cuanto me aseguré de que la chiquilla había entrado al aseo sin provocar ningún nuevo incidente, me pasé una mano por el rostro, arrastrándola desde la frente hasta el pelo para volver a echarme este hacia atrás en un gesto casi maniático. Manteniendo mi otra mano apoyada en mi cadera y caminando a lo largo del camerino con un aire algo impaciente, miré de reojo la puerta por la que acababa de desaparecer Eve con ojo crítico y una mirada desconfiada. Me sentía como si acabase de de lanzar un cachorro a esa habitación, en la que había cientos de cosas que romper, volcar o verter. No, no podía confiar en absoluto en lo que estuviese ocurriendo ahí dentro, pero tampoco estaba dispuesto en lo más mínimo a irrumpir para comprobar que estuviese bien. Por su altura y su rostro infantil no aparentaba tener más de quince años, pero probablemente fuese algo mayor, a pesar de que su actitud también fuese claramente pueril en ciertos aspectos.

Sin querer pensar más en lo que estuviera haciendo en el aseo, me dirigí hacia el sofá tapizado en terciopelo rojo que había en la sala, y tenía aspecto de no haber ser limpiado en sus largos años de existencia, y me dejé caer en él, estirando las piernas para así apoyar los pies sobre una banqueta cercana. No hacía ni una semana que había llegado al circo y, ciertamente, no me esperaba tener tan pronto una ayudante, pero ¿qué clase de criatura me habían encargado para lanzarle cuchillos mientras la ataba a una plataforma? Casi me daba pena, a sabiendas de que yo jamás fallaba. O siempre fallaba, quizás ahí estaba el truco. Lo que sí tenía claro es que iba a ser un largo camino hasta que aquella niña aprendiese sus labores. ¡Por Dios bendito, si hasta tendría que enseñarla a comportarse! No podía dejar que se pasara las funciones jugando con la arena, o ensimismada con cualquier mínima cosa que la distrajera. Echando la cabeza hacia atrás, solté un suspiro ronco mientras rebuscaba en los bolsillos de mis pantalones para sacar de ellos unos cigarrillos y mi antiguo encendedor, escuchando cómo en la habitación contigua el ruido de la bañera al llenarse comenzaba a sonar, amortiguado por la fina pared. Me llevé uno de los cigarrillos a los labios y guardé el encendedor una vez le di un par de caladas, dejando que el humo saliera despacio de entre mis labios entreabiertos.
El fuego del cigarrillo casi lo había consumido entero pasados unos largos minutos mientras yo seguía dándole vueltas a los planes que tendría en los próximos días con mi ayudante. Tenía la ilusa esperanza de que todo fuese mejorando poco a poco con aquel cachorrito.

—En buena te has metido, Gallahad—me dije a mí mismo mientras mis labios se torcían en una media sonrisa, levantándome entonces del asiento para acercarme a la puerta del aseo—. ¿Todo bien ahí dentro, muñeca?

Pocos segundos después, Eve abrió la puerta y salió a mi encuentro. Nada más verla, mis ojos rodaron en sus cuencas hasta quedarse casi en blanco unas milésimas de segundo, que fue lo que duró aquella mueca exasperada provocada por lo que estaba viendo. Lo único que había cambiado entre la chica que había entrado en el aseo y la que salía, era su pelo completamente empapado: aún llevaba aquella ropa enorme, y a su piel se habían adherido pequeños trozos de confeti. Al menos no había que lamentar ninguna catástrofe más allá del rastro de agua que iba dejando en el suelo a su paso. Suspiré profundamente, dándole una última calada al cigarro antes de apagarlo en una polvera que había sobre el tocador. Probablemente aquello no le  haría demasiada gracia a quien allí se maquillase, pero el asunto que me ocupaba era más importante como para preocuparme por aquello.

—Criatura, ¿de qué te ha servido el baño?—mascullé de forma algo seca, empujando con suavidad la parte baja de su espalda para llevarla conmigo hasta los percheros repletos de ropa que había en aquel camerino y escogiendo un vestido sencillo y un batín de seda—. Ve a ponerte esto, y después vuelve aquí. Creo que lo de tu pelo no tiene arreglo posible, habrá que cortar por lo sano.

El final de aquella frase lo pronuncié en un tono algo más bajo una vez que la muchacha se hubo encerrado de nuevo en el aseo, mientras yo me agachaba y sacaba de mi bota mi navaja de abanico. Los cuchillos de mis funciones podían cambiar, pero aquella navaja me acompañaba siempre. Era increíblemente difícil de conseguir y debía valer una fortuna, pero jamás me habría planteado siquiera venderla a cualquiera. La abrí con habilidad, haciéndola bailar en el aire, y volví a sentarme en aquel sillón, dejando la pequeña banqueta delante de mí. Cuando la puerta del aseo volvió a abrirse y tuve ante mis ojos de nuevo a la chica, casi me permití mirarla de arriba abajo, gratamente sorprendido. Con aquella ropa, podía comprobar que el pequeño cachorrito era toda una mujer. Pequeñita, pero una mujer. Con un gesto seco de la mano, le hice señas para que se acercase.

—Vamos, acércate, no muerdo. Siéntate aquí. De espaldas a mí— recogí ligeramente mis pantalones en la zona de la rodilla, pudiendo así flexionar mis piernas y que ella quedase sentada en el taburete entre ellas—. Ahora intenta moverte lo menos posible, no quiero cortarte.
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Re: [Baltimore]•"Pedí una ayudante...no un duendecillo" [Eve]

Mensaje por Eve el Miér Feb 03 2016, 23:03

Eve volvió a entrar al aseo, observando con un poco de incomodidad las prendas que le había entregado el lanzador de cuchillos. No tenía ni idea de por qué tenía que cambiarse de vestuario cuando la única cosa que le había pedido a Adrian Gallahad había sido que le arreglara el pequeño lío que tenía en el pelo. Aun así le hizo caso, porque se encontraba en un lugar desconocido y la experiencia le había enseñado que cuando estaba perdida, lo mejor era seguir a la masa e imitarles. Aunque aquello a veces le hubiera traído problemas, como el día en el que terminó en mitad de una desfilada militar al lado de una persona bastante importante, a juzgar por los gritos y la regañina que le dedicaron tras la gala. No le importó. De hecho, pocas cosas le importaban realmente. Se desvistió nuevamente y observó las prendas con una pequeña sonrisa tímida en sus labios. La mujer que se encontraba en el exterior llevaba también un vestido y la pequeña Eve no pudo evitar pensar en que cuando se colocara la prenda que le había dado el lanzador, tendría el mismo aspecto físico que ella. Así que lo hizo con delicadeza pero con un poco de prisa, ansiosa por parecerse físicamente a una mujer como aquella.

En cuanto se lo hubo colocado, se acercó al espejo y soltó un suspiro de decepción al ver que su cuerpo no se había hecho más alto como el de la mujer. Ni siquiera el pecho le había crecido desproporcionadamente con su cintura. Pero se reconoció que estaba atractiva. Bajita aún, con un pecho no demasiado voluminoso y todavía con el pelo cayendo enredado y en cascada por su cuerpo, pero atractiva. Se colocó por encima el batín, atándoselo sin demasiado cuidado y salió nuevamente, esperando que Adrian Gallahad no repitiera el proceso anterior de meterla en la habitación para que se pusiera algo nuevo. Por suerte no fue así y el hombre la acercó a un asiento para poder por fin proceder a desenredarle el pelo. Eve asintió entusiasmada con un movimiento de cabeza cuando el lanzador le pidió que no se moviera y tras aquello intentó quedarse muy quieta, casi sin respirar. Su mirada se centró en una revista que se encontraba en el suelo, seguramente olvidada por los dueños del camerino. En su portada se encontraba un hombre con una sonrisa peligrosa rodeado por un párrafo de letras blancas que la chica no alcanzó a leer.

Mientras continuaba examinándola de lejos, un mechón de pelo que acababa de ser cortado de su flequillo cayó sobre su nariz. La chica se mantuvo inmóvil, temerosa de desobedecer el pedido de Adrian Gallahad, quien tenía un cuchillo y lo estaba usando sobre su cabello. Poco a poco el mechón fue deslizándose por su piel, provocándole una sensación desagradable. Sabía que no debía moverse, se lo habían pedido, pero sabía que si no lo hacía tarde o temprano sería incapaz de soportar el cosquilleo sobre su nariz. Juntó sus manos sobre su regazo y empezó a jugar con ellas, buscando entretenerse para olvidar el picor, pero éste parecía acrecentarse cada vez más.

Adrian Gallahad —dijo entonces, repitiendo el nombre que el hombre había dicho anteriormente—. Adrian Gallahad —pidió nuevamente, viéndose en la obligación de aumentar su tono de voz para ser escuchada. No le gustaba demasiado hablar, menos cuando se trataba de entablar una conversación con alguien desconocido, pero en aquel momento lo necesitaba—. Adrian Gallahad, necesito moverme. Me pica la nariz —le hizo saber, con desesperación. Incapaz de continuar conteniéndose se levantó y se llevó las manos a la nariz para rascarse con delicadeza, pareciendo por completo un pequeño animal limpiándose el rostro tras haber comido. En mitad de aquel extraño movimiento alzó el rostro y descubrió un espejo ante ella, un espejo que le devolvía el reflejo de una chica bastante bonita. Eve dibujó una pequeña sonrisa y se acercó para poderse mirar de cerca, girando la cabeza para descubrir como su cabello ahora corto se movía con gracia y ligereza. Realmente parecía una atractiva ayudante del circo y de pronto comprendió el motivo por el que Gallahad había insistido tanto en arreglarla. Retrocedió para sentarse de nuevo y esperó a que el hombre continuara con sus cuidados sin añadir nada más.
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Re: [Baltimore]•"Pedí una ayudante...no un duendecillo" [Eve]

Mensaje por Invitado el Jue Feb 25 2016, 21:54

No quise hacerme demasiadas ilusiones cuando vi a Eve salir del baño, pues aún podía llevarme sorpresas, pero parecía que no todo estaba perdido, después de todo. Quizás no fuera muy habilidosa, pero sí que parecía poder potenciar su físico, su aparente inocencia que se reflejaba tanto en esos ojos de cachorro como en sus gestos distraídos. Siempre era de agradecer tener algo bonito en la arena que los espectadores pudiesen observar.

La muchacha accedió sin objeciones a sentarse delante de mí y dejar que le adecentara aquel nido de águilas que tenía por cabello. No es que yo fuera un experto en cuanto a conseguir realzar la belleza de una mujer, pero sabía apreciarla, eso desde luego. Y no había que ser ningún genio para reconocer que el pelo de Eve era insalvable, por lo que, poco a poco, comencé a cortar aquellos mechones castaños a la altura de sus hombros. Lo único que esperaba es que todo aquello se tratase tan solo de dejarlo igualado; si había algún secreto o imprescindible más, lo desconocía, y podía acabar siendo peor el remedio que la enfermedad. No. No había un pelo peor que con el que mi ayudante se había presentado, desde luego. Eso me tranquilizó. Nos mantuvimos un rato en silencio, mientras yo me concentraba en mi trabajo, intentando no hacer ningún corte en la pálida piel de la chica, quien, por su parte, se había tomado tan literalmente mis órdenes de no moverse que había adquirido una postura tan recta como el palo de una escoba. De seguro le dolería la espalda y tendría los músculos agarrotados, y no pude evitar sorprenderme al ver que me obedecía tan concienzudamente. Claro que, siendo sinceros, tenía una afilada navaja en la mano. Pasados unos minutos, cuando prácticamente estaba finalizando mi tarea, la voz de Eve me llegó en un susurro, llamándome por mi nombre completo por alguna razón que no llegaba a comprender.

—Hm—murmuré, dando a entender que la estaba escuchando. Pero pareció no entenderme y continuó repitiendo mi nombre como si de repente no supiera decir otra cosa—. Por el amor de Dios, ¿qué es lo que quieres?

Antes de que terminara la frase, volvió a nombrarme y replicó que necesitaba moverse, segundos antes de hacerlo, como si hubiera servido de aviso. Por fortuna, fui lo suficientemente rápido como para retirar el cuchillo antes de que se hiriera con él al levantarse a la velocidad del rayo. No pude reprimir soltar un suspiro exasperado, mientras veía cómo se rascaba el rostro como un gazapillo. Como había pensado, tenía mucho trabajo por delante, pero al mirarla desde mi posición, pude ver el resultado del corte de pelo y lo cierto es que no había quedado nada mal. A ella misma también pareció gustarle, pues se quedó por unos segundos embobada con su propio reflejo en el tocador, aunque eso se podía deber a cualquier otra cosa. No parecía que sus distracciones tuvieran motivos muy selectivos, precisamente.

—Está bien, ven y déjame que termine, cachorrito—ordené, esperando a que volviese a su anterior asiento para volver a alzar la navaja y acercando la hoja a los últimos mechones rebeldes—. No me has dicho qué te ha animado a acabar en un lugar como este.

No es que verdaderamente quisiera que me relatase su vida, pero no podía evitar sentir curiosidad de por qué, alguien como ella, acabaría en un sitio así. Parecía tan indefensa que no conseguía hacerme una idea de cómo habría logrado sobrevivir sola, como parecía que estaba, hasta aquel momento.
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Re: [Baltimore]•"Pedí una ayudante...no un duendecillo" [Eve]

Mensaje por Eve el Sáb Feb 27 2016, 22:37

Los ojos pardos de la muchacha se desplazaron hacia los del hombre con curiosidad en ellos. Se había sentado de nuevo y había permanecido quieta tal y como se le había ordenado pero lo que no comprendía era el motivo por el que el lanzador de cuchillos la había llamado cachorrito. Pocas cosas podían llegar a penetrar la mente de aquella chica, y menos una voz en off que va únicamente narrando los acontecimientos como buenamente puede, pero en aquel momento sus pensamientos quedaron reflejados claramente en sus ojos y el mundo pudo conocerlos durante breves segundos. Eve se preguntaba si Gallahad se pensaría que ella era un perro. Puede que se pareciera ligeramente, pues ambos estaban dotados de vida e incluso Eve había imitado en varias ocasiones a uno de aquellos animales, pero aun así la chica sabía que las diferencias eran alarmantes. Aun así permaneció en silencio, esperando la oportunidad de poder confesarle al hombre que en realidad era una humana, como él.

Mientras se encontraba inmersa en semejantes pensamientos, Adrian Gallahad tomó la iniciativa y preguntó acerca de la vida de la chica. Eve intentó no moverse demasiado, pues el hombre continuaba inmerso en el arreglo de su pelo, pero aun así el movimiento de su cabeza fue más que apreciable. Parpadeó varias veces, intentando encontrar una respuesta a la pregunta contraria en su mente, y terminó por encogerse de hombros y bajar la mirada antes de volver a alzarla y ponerse a responder.

No lo sé. Aquí hay animales.

A Eve le gustaban los animales. No había tenido la ocasión de ver demasiados en su vida y si había tenido alguno alguna vez no lo recordaba. Le gustaba agacharse al lado de ellos y acercar su mano a sus rostros. Que la olfatearan y la reconocieran. Sentía que ellos la comprendían sin necesidad de palabras. Fue por ello por lo que en ese momento, al recordar esos sucesos, empezó a plantearse si Gallad tendría razón y ella sería en realidad un perro. Con cuidado pero las manos temblorosas por los nervios, se acarició la nariz, asegurándose de que no hubiera allí ningún hocico sino algo completamente humano. Esperó unos minutos más a que el cuidado de su cabello terminara y se levantó para llevarse las manos a las orejas, comprobando también que fueran humanas. Recordó entonces la presencia de Gallahad en la sala y le envió una mirada preocupada, viéndole como la única persona que podía ayudarla en aquella habitación.

¿Puedo preguntarte algo, Adrian Gallahad? ¿Por qué me has llamado perro? ¿Lo soy?

La preocupación quedaba marcada levemente en sus finos rasgos, más no en su voz. ¿Habría gritado Eve alguna vez? ¿Habría pronunciado alguna frase con preocupación? ¿Se habría dejado llevar por sus sentimientos, si es que los tenía? Fue entonces cuando la puerta de la habitación se abrió, sorprendiéndoles y rompiendo la cadena de pensamientos de la chica. En la entrada se encontraba la mujer morena vestida con una prenda rojiza que habían visto en el exterior. Pareció buscar algo en la habitación y después centró su mirada en las personas que se encontraban en ella, primero en Adrian y después en Eve, dibujando una mueca de disgusto mal disimulado al contemplarla a ella. A Eve no le gustaba. No le gustaba en absoluto, pero aun así no dijo nada pues solía mantenerse callada por todo. Se llevó una mano al pelo y empezó a acariciárselo, descubriendo una sensación de calma cuando sus dedos peinaban su cabellera sin encontrar nudos en ella. Fascinada por la sensación e ignorando a la desconocida, cogió la gran mano del lanzador de cuchillos y la llevó a su propio pelo para que la acariciara también.

¿No es fantástico? —preguntó, dibujando una pequeña sonrisa de orgullo y observando con ojos brillantes a su compañero.
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Re: [Baltimore]•"Pedí una ayudante...no un duendecillo" [Eve]

Mensaje por Invitado el Vie Abr 15 2016, 20:41

Debía admitir que, al contrario de lo que había pensado en un primer momento, la muchacha estaba cumpliendo lo que le había ordenado y apenas movía un músculo, mientras yo pasaba la navaja por aquellos últimos mechones de pelo oscuro para conseguir deshacerme de ellos. Eve debía acostumbrarse a la cercanía de un cuchillo, eso estaba claro, y parecía que aquella no había sido una forma del todo inadecuada para comenzar. Quizás cuando los usara para lanzarlos en su dirección, reaccionara de una forma muy distinta. Me repetí una vez más mentalmente, tal y como llevaba pensando desde que la había visto aparecer, que lo más probable fuera que necesitara muchas horas de ensayos y paciencia para que aquella muchacha me diese los resultados que yo tenía en mente, que no eran fáciles de conseguir. En cuanto a mis labores, era una persona muy exigente, y en el escenario yo podía improvisar, porque sabía hacerlo, pero a ella no le estaría permitido. Aunque más que de una mala improvisación, tenía miedo de los posibles errores que pudiera cometer y que pudieran poner en peligro tanto su vida como mi trabajo.

Mi pregunta sobre cómo y por qué había llegado a aquel circo alguien como ella pareció caer en un principio en saco roto, a juzgar por el silencio de la chica. Fruncí el ceño y me encogí de hombros; tampoco me interesaba demasiado en aquel momento. No era alguien que precisamente fuese dado a entrometerse en la vida de los demás, aún cuando parecían haber sido vidas, al menos, singulares, a juzgar por la forma de comportarse que tenía mi ayudante. Pero entonces, negó con la cabeza, haciéndome chasquear la lengua en protesta y retirar el cuchillo de nuevo, y finalmente me contestó con algo que, sinceramente, no me sorprendió en absoluto.

—Ya veo—suspiré, dando por perdido el intento de conseguir algo más que aquello—. Por mucho que te gusten, no te acerques a ellos ¿de acuerdo? Me da la sensación de que puedes pensar que los tigres de Beatty son mansos gatitos recién nacidos.

No me resultaba una idea agradable pensar en Eve entrando en la jaula de las bestias confundiéndolo con un carromato, y al mismo tiempo aquella idea no me sorprendería en absoluto si ocurriera en realidad. No podía evitar juzgar a aquella muchacha como la persona más despistada que había tenido la oportunidad de conocer. Y la más rara, probablemente, y aquello no era fácil dado que estábamos en un circo. Eve pareció adivinar mis pensamientos, pues los apoyó involuntariamente con la pregunta que salió de sus pequeños labios y que, no pude reprimirlo, me arrancó una entrecortada risa muda.

—Te he llamado cachorro—corregí, bajando finalmente la navaja y, tras limpiarla contra mi pantalón, guardándola en el lugar de dónde la había cogido—. Porque eres como un cachorro recién nacido, sin el mínimo conocimiento de su entorno y correteando por todas partes.

Entonces, la puerta se abrió de golpe y en su umbral hizo aparición la mujer de figura exuberante con la que había cruzado la mirada al dirigirnos hacia aquí. Aunque su presencia no es que fuera molesta, la expresión seria de mi rostro dejó claro que no me hacía ninguna gracia que me interrumpieran, pero Eve volvió a cortar mi contacto con la mujer al coger mi mano y pasarla por su propio pelo. Asentí simplemente con la cabeza.

—Está mejor que antes, eso desde luego—esbocé una media sonrisa y tras ello me dirigí a la puerta, en cuanto la mujer se alejó de ella—. Ahora ve al carromato y…descansa, supongo. Yo iré después.
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Re: [Baltimore]•"Pedí una ayudante...no un duendecillo" [Eve]

Mensaje por Eve el Dom Mayo 01 2016, 22:46

Eve observó a la pareja marchándose con la cabeza ligeramente ladeada y el ceño fruncido de manera suave. Estuvo con la mirada fija en el punto en el que habían desaparecido aquellos dos hasta que parpadeó y centró su atención en sus pies, desnudos todavía. Juntó ambos pulgares e imaginó después que pisaba a humanos pequeñitos correteando alrededor de lo gigante que sería ella vista desde la altura de los duendecillos hasta que terminó cansándose y levantándose de la silla. El lanzador de cuchillos le había dicho que se marchara a descansar a algo llamado carromato, ¿pero dónde supuestamente estaba eso? Había estado sola desde que recordaba, pero por primera vez sintió cuán sola se encontraba realmente. Se encogió de hombros y estuvo bailoteando un rato por la habitación, danzando al son de extrañas canciones que estaban únicamente en su cabeza.

No fue hasta que se cansó también de ese lugar cuando salió al exterior. El cielo estaba nublado y ni el brillo de las estrellas le regalaba luz para poder iniciar un camino. Con los ojos entrecerrados y descalza empezó a avanzar entre carpas y carromatos cerrados, en busca de algún lugar que le pareciera agradable para dormir. A medio camino recordó que había dejado su maleta en el primer lugar y en su intento de volver a él se perdió todavía más entre el laberinto en el que se había convertido el circo. Llevó sus manos hacia su pecho para acariciar su propio cabello y tranquilizarse, más no había nada allí: su pelo era corto ahora. Molesta por aquello, pateó una piedra y terminó haciéndose una pequeña herida en el pie por ello.

Perdida y avanzando a la pata coja, dando saltitos que provocaban que el camino a sus espaldas se llenara de confeti, continuó avanzando hasta encontrar la primera carpa media hora después. Entró en su interior y buscó con la mirada su maleta antes de encontrarla debajo del tocador. Moviendo su cabeza de un lado a otro como si se encontrara siguiendo el ritmo de alguna canción se acercó a ella y se sentó a su lado, abrazándose a sí misma para que ninguno de sus miembros quedara fuera de la sombra que le proporcionaba el tocador. Y fue allí donde se durmió. Preparada para buscar algún trabajador cuando todos se despertaran que pudiera decirle dónde se encontraba Adrian Gallahan, quien le diría dónde se encontraría el carromato y en el que podría “descansar” al día siguiente.


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