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No es el pasado el que vuelve sino las muertes adscritas a él [Lizzie]

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No es el pasado el que vuelve sino las muertes adscritas a él [Lizzie]

Mensaje por Douglas Baker el Sáb Ene 30 2016, 00:07

En mitad de la oscuridad que me rodeaba prevalecía una sensación asfixiante que parecía afectarme a la cabeza y me provocaba jaquecas. Pero terminaría rápido, ¿cierto? Al fin y al cabo se trataba de un sueño. No, tarde me di cuenta de que aquello era real, la oscuridad, mis propios gritos ahogados, el dolor punzante en la cabeza y en el pecho, las manos que me agarraban del cuello. Abrí los ojos con rapidez, como si hubiera estado ciego y viera por primera vez. Las imágenes estaban desdibujadas. Lo que tenía más cerca era un rostro sonriente que no podía reconocer. Olía terriblemente a alcohol. Llevé mis manos a mi cuello y me encontré con sus manos opresoras, sus músculos tensos haciendo fuerza y causando más dolor. ¡Basta! Quise gritar, pero ningún sonido salió por mis labios. Llevé mi mano hacia su rostro, buscando arañarle, defenderme. Mi propia extremidad perdía fuerza con el paso de los segundos y pronto cayó, incontrolable. Entrecerré los ojos, intenté hacer algo con la otra mano, mover mis piernas paralizadas por su propio peso. Inútil. Mi cuerpo empezó a retorcerse bajo el peso contrario, no pude cerrar mis labios, mi pecho explotó… y entonces la oscuridad me rodeó de nuevo.

Mi cuerpo pesaba y dolía terriblemente, me era imposible moverme y el silencio me abrazó en sus fríos brazos y me sostuvo hasta que poco a poco la oscuridad se fue difuminando. Escuché una voz femenina y de pronto la vi, a una jovencita rubia, gritando y llorando. Mi cuerpo muerto sintió su calidad, sus lágrimas empaparon mi piel y provocaron que reviviera durante los segundos que tardaba el líquido en escurrirse hasta mi ropa. Quise abrazar a aquella desconocida, sus brazos cálidos sobre mi piel eran tan reconfortantes… pero alguien alejó aquella sensación de mí. ¡Me arrancaron mí paraíso! Con violencia, con más gritos y con ansias de venganza que únicamente mi alma podía captar. La seguí, no sé cómo pero seguí a la desconocida siendo arrastrada hacia el baño. De nuevo hubo oscuridad, la imagen se tiñó de sentimientos oscuros. Pero también había luz, luz surgiendo de la desconocida. Intenté detenerlo, por dios que lo intenté. Habría llorado de rabia si hubiera localizado mis ojos. Mis brazos intentaron detener la tragedia pero todo terminó cuando el cuerpo delgado dejó de defenderse y retorcerse. Y yo me ahogué también, me ahogué en aquella bañera con ella.

Parpadeé y me encontré delante del escritorio de aquella habitación. La ventana encima de aquella pieza del mobiliario me iluminaba y me cegaba si me atrevía a levantar la vista más allá de la pluma que descansaba sobre la superficie de madera. Parpadeé de nuevo y me llevé una mano a los ojos, masajeándolos para poder despertarme. No recordaba en qué estaba pensando desde hacía unos momentos. La puerta que se encontraba a mi espalda fue golpeada entonces, terminando de liberarme del trance. Fruncí el ceño al no comprender nada y en cuando quise llevarme la otra mano al cuello la descubrí ocupada por un jersey oscuro. Aturdido, colé la primera mano en la prenda y procedí a alzarla para podérmela colocar. La puerta sonó de nuevo, provocándome una leve jaqueca. Jaqueca, ¿acaso me encontraba pensando en algo parecido?

Adelante —contesté de manera automática, continuando con el ejercicio de cubrir mi torso desnudo con la prenda oscura. La puerta se abrió mientras terminaba de colocarme el jersey y en cuanto me giré descubrí a una mujer rubia esperando en la entrada y cargando varios objetos en sus delgados brazos. La parte de mi historia oscura desapareció de pronto, la habitación se iluminó y recobré de pronto la memoria. Lizzie, aquella pequeña trabajadora. Dibujé una sonrisa amable casi sin darme cuenta que sustituí por una pícara en cuanto fui consciente de quién era—. Lizzie —alegué. Mi voz estaba ronca, quizá a consecuencia del silencio que me había acompañado hasta ese momento. ¿Toda la mañana quizá o desde hacía más días? Me llevé una mano al cuello, sin notar nada en especial en él. Lo dejé estar y me acerqué a la chica para colocar una mano en la puerta abierta y otra en mi cintura, dejándola a ella medio atrapada entre mi cuerpo y la salida—. Preciosa, ¿por qué has tardado tanto en aparecer? El día estaba siendo demasiado oscuro, algunos echamos de menos tu presencia cuando no te encuentras entre nosotros —añadí con facilidad, sonriéndole encantadoramente el máximo tiempo posible y observándola como si fuera un pequeño tesoro del que me sintiera orgulloso. Me fijé entonces en lo que llevaba en sus brazos y recobré mi posición habitual—. Espera, ¿necesitas que te coja algo? Te veo bastante cargada… —me ofrecí amablemente, acercando mis brazos a los suyos para ayudarla pese a saber que sería su trabajo cargar con aquello. Normalmente hubiera dejado que los trabajadores cumplieran sus funciones sin interesarme demasiado por ellos, pero me era imposible cuando se trataba de la rubia—. Y hablando de todo, ¿qué te trae por mis aposentos? —pregunté, fingiendo que aquel era un agradable encuentro fruto de la casualidad más que algo que tuviera que hacer por obligación. ¿Por qué sería tan divertido meterme con ella?
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Re: No es el pasado el que vuelve sino las muertes adscritas a él [Lizzie]

Mensaje por Invitado el Dom Ene 31 2016, 03:26

La luz entraba a raudales por las enormes ventanas que me acompañaban en mi camino a lo largo de los pasillos, como si fueran guiándome en el trayecto a una habitación a la que podría haber llegado con los ojos cerrados y con mil obstáculos que se me quisieran interponer. No importaba. Mis pasos parecían dirigirse solos hacia allí, como si él me estuviera llamando, como si sintiera que me necesitaba a cada momento, y cada segundo que pasaba era un segundo en el que podía llegar tarde. Como aquella vez.

—Basta—susurré para mí misma, apretando inconscientemente el agarre sobre la bandeja que llevaba entre las manos—. No pienses, no recuerdes…

Pero pedirme aquello era pedir al cielo que no oscureciera por las noches, pedir a los ríos que cambiasen la dirección de su corriente. El recuerdo de la sombra de la muerte no era algo fácil de olvidar, más aún cuando cada día su víctima clavaba en ti una mirada llena de inconsciencia. Una mirada a veces intranquila sin saber el motivo, una mirada cargada de emociones que contradecía a los ojos vacíos de los cuales la vida se apaga poco a poco. Como si pudiera huir de la voz de mis propios pensamientos, aceleré el paso y mis zapatos hicieron resonar mis pisadas sobre el pulido suelo de forma rítmica mientras la luz radiante del sol continuaba iluminándome, rozándome la piel en una cálida caricia que apenas podía sentir. Hacía un día tan bonito…podía verlo a través de los ventanales, con una suave brisa primaveral sacudiendo las hojas de los árboles, todas las flores abiertas de par en par. ¡Oh, cómo lo detestaba! El tiempo parecía llamarme a que disfrutara a un día en el exterior. Podía imaginarme: un vestido nuevo para el buen tiempo que se avecinaba, pudiendo mostrar por fin mis brazos libres de marcas en ellos, paseando hasta aquel precioso carrusel, y cuando me cansara de dar vueltas y vueltas en él, podría merendar un rico pastel de manzanas. Douglas se habría querido venir conmigo, podía asegurarlo sin riesgo a equivocarme, y podríamos pasear los dos por el parque  sin ninguna preocupación. Podía recrear todas aquellas imágenes en mi mente sin ningún problema, incluso me arrancaron una sonrisa hasta que la realidad me golpeó con la fuerza de un vendaval. Aquello no era posible, para ninguno de los dos, y era hora de que lo aceptase. A veces lo envidiaba…no saber nada, no ser consciente de que estamos atados a ese hotel de por vida. De por vida, una curiosa expresión, muy poco acertada.

Finalmente, llegué frente a su puerta y, antes de llamar, tomé aire profundamente. Una. Dos. Tres veces. Aquella habitación siempre me ponía nerviosa. Colocando con cierta dificultad la bandeja sobre mis antebrazos, golpeé suavemente los nudillos contra la sobria madera y, casi al instante, pude oír su voz invitándome a entrar. Abrí la puerta y volví a sujetar la bandeja con las manos, fijando la vista en ella mientras me adentraba en la habitación por miedo a que algo terminase por caerse al suelo. Cuando alcé la mirada, lo primero que me encontré fue a Douglas con el torso semidesnudo. Mi boca se abrió inconscientemente en un momento de perplejidad y tras ello me recompuse, apartando la mirada

—Elizabeth—le corregí, en cuanto oí aquel diminutivo salir de entre sus labios, impregnado con un tono que delataba su sonrisa aún cuando no la veía—. Y  la próxima vez no me mande a entrar hasta que no esté vestido, por favor, señor Baker.

El pensamiento de que hubiese recibido a cualquiera de las otras camareras en ese estado me irritaba. ¿Aquel chico no aprendía nunca? Fruncí el ceño y, cuando quise alzar la mirada, lo tenía mucho más cerca de lo que esperaba. Me acorralaba con su propio cuerpo, bastante más grande que el mío (un hecho que no era demasiado complicado) y volvía a sonreír. Maldito Douglas. Clavé mi mirada en la suya, y aunque intenté mantener el semblante serio, acabé por suspirar y simplemente relajar mi expresión, aunque mis labios continuaron fruncidos en un mohín.

—Tengo otros huéspedes a los que atender, señor Baker—forcé un tono algo más refinado, como si me hiciese la interesante con aquel dato—. Debe ser paciente.

Le permití que retirase la bandeja con el desayuno de mis brazos y la colocase sobre la mesa, a pesar de que aquel era mi trabajo. Discutir con él era como darse de bruces contra un muro. Aproveché y me coloqué bien mi uniforme, alisándome cualquier posible arruga que se hubiese formado en aquella oscura falda con vuelo, y asegurándome de que ningún mechón de pelo rebelde se había escapado de mi recogido. Tras esto, cogí el plumero que traía asegurado con la cinta del delantal y atravesé la habitación hasta llegar a la cómoda, donde empecé quitando el polvo con rapidez pero de forma minuciosa mientras la pregunta de Douglas me sacaba una sonrisa que no pude reprimir-

—¿No se cansa de hacerme cada día la misma pregunta?—le dirigí una mirada de soslayo, observando la bandeja con el desayuno y el periódico que yo misma había traído. Un periódico que no era del día, pero Douglas no tenía forma de saberlo. Ni siquiera yo podía. Allí dentro el tiempo era algo muy relativo.
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Re: No es el pasado el que vuelve sino las muertes adscritas a él [Lizzie]

Mensaje por Douglas Baker el Dom Feb 07 2016, 22:39

Por supuesto, jamás volverá a ocurrírseme semejante idea —alegué cortésmente en cuanto Lizzie me pidió que no volviera a dejarla pasar si no me encontraba vestido del todo. Su tono impersonal me gustaba y me repugnaba a partes iguales. Creaba una barrera entre nosotros, fingía frialdad entre dos personas que se conocían más de lo que se aparentaba y hacía que me sintiera incómodo tuteándola. A la vez, me divertía que se empeñara en continuar dirigiéndose a mí de manera tan formal pese a que nos viéramos cada día. Clavé mis ojos en la bandeja que llevaba en las manos durante un segundo y antes de que olvidara el tema de conversación, dibujé una sonrisa pícara y me moví para cortarle el paso y acercar nuestros rostros—. ¿Pero qué pasaría si estuviera en el baño cuando pidieras entrar? ¿Tendrías que esperar diez minutos enteros hasta que estuviera listo para ser merecedor de estar ante tu presencia? Yo lo veo injusto… Demasiado tiempo perdido que podríamos aprovechar manteniendo una interesante charla en el baño —añadí, asintiendo al saber que llevaba la razón y moviéndome para bloquearle el paso en cuanto intentó esquivarme de nuevo.

Al parecer la pequeña Lizzie era una chica ocupada y eso quiso hacerme saber en el momento en el que me hizo saber que tenía a otros huéspedes a los que atender. Por supuesto que lo sabía: más de una vez había pensado en ello en la soledad de mi habitación. Ella era una mujer del servicio cuyo deber era aguantar a huéspedes pesados que opondrían resistencia a su marcha por motivos seguramente deshonrosos. Pero cometería un error quien me incluyera en el grupo de hombres de esa clase. Yo era diferente. Podía ver en su mirada que se entretenía conmigo. Que le hacía mínima gracia a pesar de todas sus reticencias exteriores. Que no era indiferente para ella pues sus pupilas se dilataban en cuanto me veía. Sabía que la diferencia principal que me diferenciaba de los otros pesados residía en que yo era un pesado también, pero encantador. De la misma manera que podía verlo en sus gestos, ella no me era indiferente. Algunas veces pensaba en evitar por la fuerza que dejara aquella habitación cerrando todas las ventanas y colocándome delante de la puerta. Pero Lizzie merecía ser tratada de otra manera y por supuesto yo no era de los hombres que hacían esas cosas. No a ojos de Lizzie, al menos.

Estoy seguro de que hay muchísimos más huéspedes, pero no todos son tan encantadores como yo. Y no finjas que no lo sabes o que no te has dado cuenta. —añadí sonriendo. Cogí su bandeja y la llevé al escritorio delante del cual me había quedado adormilado momentos antes. Cogí una de las tostadas del desayuno y me giré para apoyar mi cadera en el borde de la mesa mientras observaba a Lizzie dándome la espalda y buscando qué zona empezar a limpiar. Personalmente opinaba que las faldas de los vestidos del servicio eran demasiado largas. Aunque en el caso de Lizzie me gustaba que así fuera, pues así tendría a menos huéspedes observándola. Mordí de nuevo la tostada y mientras me relamía para terminar de hacerme con las migas que habían quedado en mis labios me incliné hacia abajo para poder verle los muslos a la chica, o al menos tener la suerte de que mi mirada le llegara a la corva. Al alzar la mirada la descubrí mirándome de soslayo y me vi en la obligación de incorporarme rápidamente, enviándole la mirada más dulce e inocente que podría haberle dedicado a alguien. Me preguntó si no me cansaba nunca de hacerle la misma pregunta y dejé escapar el aire por la nariz mientras mi rostro dibujaba una sonrisa—. Nah, no me canso. Tengo la esperanza de que algún día sonrías debido a mis palabras. Y siento que estoy cerca de conseguirlo.

Abandoné entonces mi posición de apoyo sobre la mesa y me acerqué a ella, apoyando mi brazo en la última fila de una librería que se encontraba en la habitación. La observé durante unos segundos mientras trabajaba, siempre rodeada de aquel aire de pureza que la diferenciaba de las demás trabajadoras de aquel hotel. Quizá era por ello por lo que me había fijado en ella más que en la gran cantidad de extrañas que habían intentado atenderme los días en los que Lizzie no había podido venir. Me despertaba instintos sobreprotectores, pero también amorosos. Y como siguiera teniendo un mechón rebelde en el rostro rozándole los labios no le prometía a nadie poder contenerme de besarla. Abrí la boca para hablar pero el rebelde mechón que continuaba en su rostro me lo impidió. Chasqueé la lengua y llevé mi mano hacia él para colocarlo cortésmente detrás de su oreja. Al quedar así satisfecho, sonreí mínimamente.  

Oye, había pensado... Creo que podríamos ir algún día al exterior. Algún día que yo tenga libre y en el que tú tengas un descanso de dos horas entre las siete y las nueve de la tarde, por ejemplo. Podríamos ir a dar una vuelta, comer algo en el parque… ya sabes, lo que hacen las parejas en una cita. ¿Lo llamamos cita entonces? Llamémoslo cita —alegué, mirándola a sus increíbles ojos azulados. Sabía sus horarios, por supuesto. Me había encargado de conseguirlos y no había sido sencillo en absoluto, pero Lizzie merecía aquello y mucho más—. Cualquier día como te he dicho está bien… ¡Espera! ¿No tienes tú hoy un descanso entre las siete y las nueve? Magnífico entonces. ¿Te vienes? —pregunté alegremente. Llevé mi mano a la mano de Lizzie para que dejara de mover el plumero sobre la estantería y la observé con tristeza en mi rostro—. Si no vinieras realmente me sentiría desolado. Y sabes que los hombres con el corazón roto son lo suficientemente inmaduros como para hacer locuras —la avisé, haciéndome el inocente y esperando que con mis palabras aceptara. Jamás la había visto fuera de aquellas cuatro paredes. Me divertía que viniera siempre a mi habitación, pero me había dado cuenta de que deseaba salir al exterior y liberarse únicamente viendo la mirada que le dedicaba a todo aquello que quedara más allá de las ventanas. Si aquello la hacía feliz, todo lo demás dejaba de tener importancia.


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Re: No es el pasado el que vuelve sino las muertes adscritas a él [Lizzie]

Mensaje por Invitado el Dom Mar 06 2016, 21:36

Como era habitual en él, Douglas contestó a mi comentario de reprimenda con total caballerosidad, pero con un brillo en sus ojos y una mueca de cierta malicia en su media sonrisa que me daban a entender con un vistazo que tan solo asentía a mis palabras por mera educación, pues, por supuesto, continuaría con aquellas costumbres tan descaradas y habituales en él que empezaba a acostumbrarme a ellas. No. ¿A quién quería engañar? No conseguiría acostumbrarme jamás a sus galanterías. De hecho, cada día era más difícil contenerse en ciertos aspectos ante ellas: en ocasiones, no podía evitar azorarme, y en otras, mis instintos de decirle cuatro palabras bien dichas eran prácticamente incontrolables. ¡Yo seguía siendo una señorita! Y aquellas no eran formas. Ante sus palabras sobre su invitación a compartir una conversación con él mientras estaba en el baño, fruncí el ceño ligeramente e intenté no mirar demasiado sus ojos, cosa complicada ya que su rostro seguía demasiado cerca a aquellas alturas de la conversación.


—Si se diera tal situación—comencé, entonando las palabras casi musicalmente, como si recitara un refrán—, esperaría a que estuviera usted presentable para recibirme.

A pesar de mis palabras y de que intenté evadir su cuerpo de nuevo, moviéndome hacia un lado, volvió a interponerse en mi camino con un elegante movimiento que hizo que por poco no derramase parte del contenido de mi bandeja por toda ella. Y entonces cometí el error de mirarle a los ojos, y cuando se miraban los ojos de Douglas no había vuelta atrás. Aquella corriente volvió a recorrer mi cuerpo de arriba abajo, provocándome un escalofrío. De nuevo, como cada vez que lo miraba, en mí se despertaban dos sentimientos totalmente opuestos, como si mi corazón fuese un imán atraído por dos polos, girando a toda velocidad. ¿Podía sufrir un corazón que había dejado de latir? Casi no pude escuchar sus palabras, pues su aterciopelada voz me llegaba como desde un segundo plano, por lo que tuve que asimilar durante unos segundos de qué había estado conversando durante el tiempo que había durado mi trance, perdida en sus ojos. ¿Habían sido segundos o días enteros?


—No creo que se me esté permitido decir eso—apunté, mientras dejaba que se llevara la bandeja y yo me disponía a comenzar a limpiar el polvo de los muebles—. Debo cumplir con mi trabajo con todos los huéspedes por igual.

Y, entonces, no pude reprimirlo: volví a sonreír. Aquellos eran momentos de debilidad que probablemente no debería permitirme, pero hacer enfadar un poco a Douglas era uno de aquellos pequeños placeres culpables que conseguían arrancarme una mal disimulada risa. Por fortuna, él se mantuvo ocupado tomando su desayuno…de aquella forma. Sacudí la cabeza e intenté concentrarme en mi tarea, por lo que intenté mirar al joven detrás de mí lo menos posible. Podía sentir, aún así, su mirada clavada en mí, y prefería no pensar en qué estaría mirando tan fijamente cuando, intentando disimular mi nerviosismo, me giré hacia él de nuevo y lo sorprendí con una mirada demasiado inocente como para que no fuera la sucesora de una de sus galanterías. Lo cierto es que su disimulo no pretendía ser muy convincente, ya que su siguiente comentario fue respecto a conseguir hacerme sonreír con sus palabras, y estaba totalmente decidido a conseguirlo. ¿Quién podía mantener la entereza con alguien así? Era exasperante y terriblemente adulador por partes iguales, y apenas me daba un respiro por cada situación en la que conseguía que en el ambiente saltaran aquellas chispas que quizás notara tan solo yo.

En ese mismo instante, mientras pensaba en cómo recomponerme ante sus continuas insinuaciones, observé de reojo cómo iba acercándose hasta mi posición, y me sentí como un ratoncillo acorralado ante un gato de hipnóticos ojos depredadores. Casi estuve tentada de usar mi plumero como arma de defensa personal, pero finalmente opté por adoptar mi mejor cara de circunstancias y dejar que retirase un mechón rebelde de mi rostro, notando cómo las puntas de sus dedos dejaban un cosquilleo en mi piel sin llegar a rozarla. Diría que sus palabras consiguieron sonrojarme, o enfadarme ante tal insistencia, pero lo único que lograron fue causarme tal tristeza que cuando tragué saliva noté un amargo nudo en mi garganta. No podía salir al exterior con él, porque ni él, ni yo, podíamos pisar suelo fuera de aquel hotel. Lo más lejos que podríamos ir sería a los jardines, aquellos jardines que tenía tan vistos a fuerza de pasarme en ellos horas, intentando que me causaran una falsa sensación de libertad. Aparté la mirada de sus ojos con pesar y me retiré ligeramente de él, esbozando lo más parecido a una sonrisa que pude en aquellos momentos, aunque fue más una pequeña mueca avergonzada.


—Sabe que tengo demasiado trabajo—alegué, mientras intentaba mantenerme ocupada moviendo una banqueta hacia la repisa con la intención de que me sirviera para alcanzar la balda más alta—. Creo que hoy no podrá ser, pero no se sienta mal por ello. Prometo que saldremos algún día a almorzar juntos. No quiero que hagas ninguna locura, Douglas.

Era tal el cúmulo de angustia que se formaba en mi pecho, que me comprometí a aquello sin saber realmente qué estaba diciendo, y que le llamé por su nombre de pila en aquella última frase, la cual pronuncié mirándole a los ojos, como si así pudiera evitar tantas cosas que ya habían ocurrido. Suspiré, bajando de nuevo la mirada hacia la banqueta para subirme a ella con cuidado y seguir con mi trabajo. Mientras pasaba el plumero por las últimas repisas, daba vueltas en mi cabeza a lo que acababa de decir. ¿Cómo iba a conseguir que desistiera de salir conmigo de aquel hotel? Tenía que apañármelas de alguna forma. Fue entonces cuando, al ir apoyar mi mano sobre la madera, la atravesé. No me escurrí o el mueble se quebró: mi mano atravesó la balda como si estuviese hecha de aire. Comprendí que el problema no era del inmobiliario sino mío. ¿Desde cuándo tenía aquella capacidad? Intenté mantener el equilibrio, pero un grito ahogado se me escapó de los labios al notar cómo me precipitaba al suelo al intentar que Douglas no hubiese sido consciente de mi desliz.
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Re: No es el pasado el que vuelve sino las muertes adscritas a él [Lizzie]

Mensaje por Douglas Baker el Jue Mar 17 2016, 23:52

Por ti podría hacer todas las locuras del mundo, Lizzie —alegué, observándola intensamente con un brillo especial en la mirada al descubrir con gusto que me había tuteado e incluso se había dirigido a mí por mi nombre. Había roto una de las paredes de cristal que parecían separarnos y que Lizzie se había encargado de construir y reparar pero todavía quedan muchas delante de mí. Me planteé continuar presionándola, asegurarme de conseguir una cita antes de que saliera por aquella puerta y no volviera a verla hasta el día siguiente. Pero un sentimiento protector hacia ella me hizo detenerme y darme cuenta de que no era buena idea, de que necesitaba tiempo y de que dejaría de reírse de aquella manera tan adorable si me dedicaba a romper barreras entre nosotros como si fuera un caballero medieval combatiendo contra un dragón con todas sus fuerzas. Por el momento decidí satisfacerme únicamente con aquella primera reacción y me alejé, dejándole espacio para respirar tranquila—. Pues es una auténtica lástima. Hoy no llueve, hay pajarillos fuera y el clima ideal para que una pareja pueda pasear tranquilamente por el exterior sin miedo a ser criticada si lo hace con las manos unidas —añadí distraídamente al darme la vuelta para observar el plato de tostadas que seguía esperándome en el escritorio de la habitación.

Di un paso hacia delante dispuesto a seguir devorando aquello cuando de pronto escuché un grito ahogado por parte de Lizzie. Preocupado, me di la vuelta y nada más hacerlo un peso cayó sobre mí. Por acto reflejo alcé los brazos para agarrarlo con fuerza y sostenerlo en el aire y en cuanto me incorporé descubrí a una atractiva trabajadora entre mis brazos. Enarqué una ceja y dibujé una sonrisa pícara, dispuesto a no dejar pasar la oportunidad de molestarla un poco más. Si bien mi primer impulso había sido preguntarle si se encontraba bien, el “¿estás…?” murió en mis labios resultando apenas audible.

¿Esa eso, mi querida Lizzie? ¿Lo que querías era que te llevara en brazos al exterior? Podrías habérmelo pedido antes y me hubiera ahorrado escuchar retumbar en mis oídos el sonido de mi propio corazón rompiéndose en pequeños pedacitos irregulares a causa de tu rechazo —añadí con teatralidad antes de acomodarla en mis brazos y empezar a caminar hacia la salida de la habitación. Naturalmente, fue mi deber como pícaro de la habitación, ponerme a tararear la marcha nupcial de Mendelssohn. Me interrumpí en la mitad, pues cuando me colaba en ese tipo de ceremonias no solía hasta el final antes de marcharme de allí acompañado. Salí al pasillo con ella en brazos y sonreí al descubrir que se encontraba vacío. La puerta de emergencia del hotel no se encontraba demasiado alejada por lo que únicamente tuve que dar cinco pasos hacia la derecha para encontrarme ante ella. Desde donde me encontraba podía ver perfectamente la escalera medianamente oxidada que esperaba al otro lado y que desaparecía en mitad de las calles—. Fuguémonos, Lizzie. Crucemos esta puerta y marchémonos juntos. Al menos un día. Ya acarrearé yo con las consecuencias que pueda traerte tomarte un día de descanso, no te preocupes. Y si osan despedirte te contrataré como mi mayordomo personal. De hecho, no sé por qué todavía no lo he hecho.


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Re: No es el pasado el que vuelve sino las muertes adscritas a él [Lizzie]

Mensaje por Invitado el Jue Mayo 12 2016, 16:55

Por un momento, su comentario sobre las locuras que podría cometer me hizo pensar en qué sería capaz de hacer Douglas, de si su ignorancia ante nuestra...situación, por decirlo de una forma suave, jugaría un papel tan importante que le permitiese incluso llevar a cabo actos que, para mí, que era consciente de lo que era, estaban fuera de mi alcance. Mirar sus ojos despiertos por la emoción que le ocasionaba el mero pensamiento de una escapada, de alguna aventura y de mil cosas más parecía poder convencer a cualquiera de que verdaderamente él podría continuar saliendo del hotel a su antojo, dar un paseo bajo los almendros de la calle disfrutando del atardecer y, probablemente, coqueteando con todas las señoritas que se cruzasen en su camino. Deseaba con todo mi corazón que fuese capaz de hacerlo, a pesar de que la idea de verle rodeado de jovencitas conseguía molestarme, pero...incluso así, me gustaría pensar que Douglas podía continuar haciendo aquello que había hecho hasta quedar atrapado en aquel hotel. Quería que aquella emoción en sus ojos durase siempre. Porque, en mis ojos, solo podía ver tristeza, eterno anhelo, y muerte.

Quise deshacer el nudo que se había formado en mi garganta tragando saliva y centrándome en mis tareas, pero el destino parecía tenerme preparada una sorpresa muy distinta con el repentino descubrimiento de aquella habilidad para atravesar las cosas, y lo descubrí de la peor forma. Aunque ya nada podía resultar letal para mí -algo irónico que esto resultase algún tipo de ventaja- el golpe parecía que iba a ser fuerte, así que solo me dio tiempo a cerrar los ojos y esperar a que no doliese demasiado, y que no atravesara también el suelo y llegase a la primera planta ante los atónitos ojos de Douglas. Pero nada de eso ocurrió, pues algo paró mi caída sin dolor, casi con suavidad aunque de forma segura. Cuando abrí los ojos, vi el rostro preocupado de Douglas, que me sujetaba entre sus brazos con firmeza y absoluta facilidad, como si yo estuviese hecha de papel. Mis manos se posaban inconscientemente en sus anchos hombros, y aún cuando se incorporó no me esforcé por liberarme de él. Iba a ser el único acercamiento que me iba a permitir así que, aunque yo misma me lo negase, disfruté de él hasta que duró, que no fue mucho. De repente, su mueca volvió a ser tan pícara como de costumbre y eso fue el primer aviso que me alarmó.

—"Elizabeth"—me permití corregirle cuando comenzó a hablar, consiguiendo intrigarme y comenzando a hacer que me pusiera tensa. No podía imaginarme qué se le habría ocurrido aquella vez—.¿Qué va a hacer...? ¡Ah!

Solté una expresión de sorpresa cuando me alzó en un rápido movimiento para acomodarme entre sus brazos, y entonces procesé lo que me estaba diciendo. ¿Salir al exterior? Intenté revolverme pero, evidentemente, mi fuerza no podía compararse a la suya, y menos estando en la posición de desventaja en la que me encontraba. Pero tenía que impedirlo de una u otra manera, Douglas no podía descubrir que para nosotros un día fuera, bajo los almendros, observando el atardecer, era imposible. Por si fuera poco, tarareó aquella canción de boda..¡oh! si solo pudiera decirle lo equivocado que estaba con aquel capricho en una persona como yo.

Lo vi tan decidido a salir que, por un momento, una mínima parte de mi mente sintió curiosidad por saber si, haciéndolo así, descubriéndolo de aquella forma, Douglas reaccionaría mejor que la última vez, pero...no, no iba a ser así. Así que pensé algo rápido para evitarnos a ambos un fatídico momento.

—No, yo no...Señor Baker, tiene que soltarme—hice un esfuerzo por bajarme de sus brazos y terminé por revolverme contra él, consiguiendo finalmente zafarme aunque tuve que emplear aquella firmeza que a veces debía mostrar con él para que al menos me escuchara—.Douglas, no puedo salir fuera.

Y, a continuación, como era lógico, volvería a preguntarme la razón. ¿Y qué podía decirle? No quería hacerle daño pero aquella era prácticamente inevitable a aquellas alturas. Debía pensar una excusa creíble pero que no le destrozase y le alejase de mí. Porque, en realidad, aquello era lo segundo que más miedo me daba, después de que Douglas saliera herido de alguna forma.

—No puedo porque...estoy enferma—terminé diciendo, con convicción. No quería presumir, pero no se me daba mal del todo la interpretación y en ocasiones era de bastante utilidad—. Es una rara afección, como una alergia que se empeora en esta época del año, por la humedad.
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